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“Resistan firmes en la fe”
Reflexiones Arzobispo

“Resistan firmes en la fe”

(Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM.- Arzobispo Metropolitano de Trujillo) La cuaresma se abre con las tentaciones de Jesús (Mt 4, 1-11). El drama tiene dos protagonistas: Jesús, conducido por el Espíritu en el desierto, para ser tentado por el diablo. Hay una triple tentación diabólica a la cual Jesús responde con una triple citación de la Biblia: “está escrito”.

El tentador hace vislumbrar ante Cristo y sus discípulos tres formas de mesianismo o de religiosidad. La primera tentación, aquella de las piedras que se conviertan en pan, podemos definirla como “terrenal”, unida a la materialidad de las cosas. Cristo siempre se conmovió ante el hambre de la multitud. De allí la multiplicación de los panes.

La segunda forma de tentación es el vuelo desde el pináculo del templo. Es aquella de una “religión mágica”, publicitaria, de estrella del espectáculo sagrado. Esta tentación humilla la verdadera fe, que es un confiar en la palabra divina. “Esta generación adúltera y perversa busca un signo pero ningún signo se les dará” (Mt 16,4), dice Jesús y Pablo escribe: “los jueces piden milagros, los griegos buscan sabiduría, nosotros proclamamos a Cristo crucificado” (1Co 22-23).

La tercera tentación es la del mesianismo “político”. Es la tentación del poder y del bienestar. Una idolatría implacable que exige una total y absoluta dedicación, similar a aquella que une al fiel auténtico al Dios vivo y verdadero: “Ningún criado puede servir a dos señores, porque o aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñará al otro. No pueden servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13).

Jesús no se compromete con el poder político, el suyo no es un proyecto de dominio ni posesión, sino de amor y de donación. La “tentación de los panes” se resuelve con la adhesión al proyecto de Dios que es más grande que los sistemas económicos y sociales.

La “tentación del pináculo del templo” se resuelve con el rechazo de la pseudo-religión que, en lugar de servir a Dios, pretende servirse de Dios. La “tentación de la montaña” se resuelve con el rechazo del poder opresivo y egoísta, y la adhesión a la soberanía de Dios.

Jesús responde a los tres desafíos de Satanás con una única arma: la Palabra de Dios. No usa ninguna palabra suya, sino solo aquella “escrita” en la Biblia. También el cristiano que camina en el bosque dantesco de la vida, poblada de provocaciones sutiles o platónicas del bienestar, del éxito y del poder, debe tener como guía la Palabra de Dios, que es “como fuego que quema y como martillo que rompe la roca” del mal (Jer 23, 29).

Existen también en el Nuevo Testamento muchas páginas en las que entra en escena una verdadera y propia realidad personal del mal, en cuya confrontación Jesús abre una fuerte polémica verbal.

Esta realidad personal reacciona con un grito de dolor cuando es derrotada por la potencia de la palabra de Cristo. Bastaría leer el pasaje de la liberación del endemoniado de Cafarnaúm (Mc 1,21-28) para comprender que no se trata de una simple representación simbólica del poder del mal sobre los hombres. Jesús mismo tiene conciencia que la suya es una lucha contra “el príncipe de este mundo”, como en San Juan es llamado Satanás. “Si Yo expulso los demonios con el dedo de Dios entonces ha llegado entre ustedes el reino de Dios” (Lc 11, 20).

A esto se debe agregar también el reconocimiento de la Iglesia, desde los orígenes y hasta nuestros días, como se muestra en el documento “Fe Cristiana y Demonología” de la Congregación para Doctrina de la Fe (1975) y en múltiples intervenciones del beato Juan Pablo II.

No obstante, tenemos que rechazar una religiosidad que tenga en el centro al diablo. En el corazón de la fe está la gracia de Dios y la libertad del hombre, y Satanás no es un principio del mal paralelo a Dios. El diablo es la amenaza constante que interfiere en nuestra relación con Dios, él orienta el dilema de nuestra libertad hacia el rechazo de Dios, haciendo liberar nuestro límite, nuestra negatividad, la elección pecaminosa.

Las palabras de San Pedro son, en este aspecto, iluminadoras: “su enemigo, el diablo, como león rugiente va en busca de quien devorar. Resistan firmes en la fe” (1Pe 5, 8-10). Comentaba el teólogo ortodoxo Pavel Evdokimov: “O el hombre es ángel de luz, icono de Dios, su semejanza, o acepta llevar la imagen de la bestia diabólica”.

Pidamos al Señor y a María Santísima la gracia de rechazar, como Jesús, todas las insinuaciones del mal para que llevemos la imagen de Dios en nuestra existencia, hacer siempre el bien y nunca el mal. El bien vuelve, el mal también vuelve: la justicia divina tarda, pero llega.

(Publicado en Emaús, abril 2014)

 

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