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Reflexión del Santo Evangelio / Domingo de 14 agosto
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Reflexión del Santo Evangelio / Domingo de 14 agosto

Reflexión del Santo Evangelio San Lucas (12,49-53)/ El Testimonio Cristiano / En la primera lectura (Jr 38,4-6.8-10) Jeremías se esfuerza por cumplir su misión, porque ama a Dios y a su pueblo. Advierte al pueblo sobre la tragedia que se avecina, pero es perseguido y aprisionado para dejarlo morir.

Él acepta este destino, creyendo que debe esperar un tiempo más oportuno, evitando aliarse con los opresores de Israel, para no contaminar su fe y porque mantiene su esperanza en Dios, quien es el que verdaderamente lo salva de la muerte, y nos enseña a no perder la fe en las dificultades. Nuestra fe está fundada en el mismo Jesús, quien la inicia y lleva a su término, como se ve en la segunda lectura (Heb 12, 1-4), donde, bajo la figura de la carrera, se nos exhorta a no rendirnos, sino a correr hasta la meta, que es el gozo de la presencia de Dios.

El Evangelio (Lc 12, 49-43) nos habla de lo difícil que es el camino hacia el Reino. Necesitamos una fuerte preparación en toda nuestra vida, sin acobardarnos jamás ante las dificultades que se presenten, ni siquiera ante el juicio contra nosotros de parte otros. La presencia de Jesús incomoda a muchos; genera ataques en contra de los creyentes, vistos como extraños a un mundo en donde el placer material importa más que el espiritual, el goce de los sentidos importa más que el encuentro con Dios, el menosprecio a la fe se enmascara como lucha por hacer lo que nos plazca. Incluso muchos cristianos caen en ataques a la Iglesia, a sus pastores y, por tanto a Dios, contagiados por el mundo.

Lo que ofende a la fe, resulta derecho del mundo y no se escucha la prédica de la fe, se rechaza a quienes advierten de la tragedia del mundo y se busca exterminarlos. Como a Jeremías, los echan en un pozo, para que mueran y les dicen «tú no nos representas», sin haber escuchado todo lo que dijeron, analizando el verdadero sentido de sus palabras.

Es necesario ser constantes y firmes aunque incomodemos. Juan Bautista era incómodo y lo mataron (cf. Mt 14,2-11). Jesús era incómodo; para desacreditarlo «los fariseos […] dijeron: “Éste no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios”» (Mt 12,24). Ya sabemos cómo murió.

El seguimiento de Cristo será siempre una lucha y muchas veces nos sentiremos solos, pero el Espíritu saldrá vencedor, porque nos otorgará la verdadera libertad, aunque ésta implique el martirio por testimoniar la fe, y que se burlen de nosotros y nos llamen hijos del demonio, como ya lo hacen con los pastores de la Iglesia. Lo anunció el Señor: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Estas palabras se cumplen cada vez que nos insultan o minimizan; cuando nos calumnian, golpean, encarcelan, hieren o asesinan; sin embargo, hemos de ser constantes, porque, dice el Señor: «El que no está conmigo, está contra Mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Por eso les digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada» (Mt 12, 30-31).

No podemos ser indiferentes en la proclamación de la Palabra, sino que debemos dejar transformar nuestra vida por cada sílaba de esta Palabra; si no lo hacemos, no seremos verdaderamente cristianos, porque sólo querremos que la Palabra diga lo que nos conviene o la arreglaremos a cómo creemos que debemos ejercer nuestra «libertad» y la acomodaremos a ésta. Tenemos que dejar que el amor a Dios llegue a nuestro corazón, como un tesoro grandioso que mostramos y compartimos con los demás, siempre fieles a la Palabra y a la Vida de Jesús.

R.P. Edinson Chavarry Castillo.
(Colaborador)

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