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Reflexión del Evangelio del domingo 10 de abril
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Reflexión del Evangelio del domingo 10 de abril

Según San Juan 21:1-19  “Cristo Resucitado es el que guía a la Iglesia”

Jesús resucitado sorprendió varias veces a sus Apóstoles y discípulos apareciéndoseles en las maneras más inesperadas. Una de estas apariciones -la tercera- fue en la playa del Lago de Tiberíades. Nos la narra el Evangelio de este domingo (Jn. 21, 1-19).

Estaban siete de ellos en una barca, regresando de una noche de pesca infructuosa y, al amanecer, “alguien” les dijo desde la orilla: “Muchachos, ¿han pescado algo? Echen las redes a la derecha de la barca y encontrarán peces”.

Sorprende la docilidad de los Apóstoles quienes, sin la menor observación, obedecieron en el acto. Y sorprende, porque todavía no se habían dado cuenta que era “el Señor”. Puede haber sido que en su interior recordaran la otra pesca milagrosa en el mismo Lago de Genesaret o Tiberíades, cuando Jesús aún no había muerto y resucitado (Lc. 5, 4-11).Y por eso obedecen a este “desconocido” que les dice que hay pesca justo al lado de ellos.
¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla y no le reconocemos! Nos pasa como a los Apóstoles, pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las instrucciones del mismo Dios. Y, peor aún, cuántas veces, sabiendo que es Él quien nos pide algo, no le hacemos caso, francamente le decimos que no o le ponemos dificultades, diciéndole que mejor dejamos el asunto para otro momento.
Pero el Señor siempre está a la orilla, esperándonos, esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que le reconozcamos, que oigamos su voz y atendamos sus instrucciones.
¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nosotros mismos en el mar de nuestro quehacer diario, de nuestras preocupaciones cotidianas, de las presiones del trabajo y de estudio, sin escuchar al Señor y sin aprovechar su voz que nos guía! ¡Cómo se nos olvida que debemos buscar primero el Reino de Dios y que todo lo demás se nos dará “por añadidura” (Lc. 12, 31), todo lo demás se nos dará como bonificación extra, si realmente primero buscamos a Dios y hacemos su Voluntad!
Nos dice este relato que pescaron 153 peces y se impresiona el Evangelista San Juan, uno de estos pescadores, porque “a pesar de que eran tantos, no se rompió la red”. Milagro grande la pesca abundante, milagro pequeño que la red resistiera.
No siempre Dios interviene en forma que podamos decir sea milagrosa. Pero Dios siempre está presente y si nos fijamos bien, nos suceden una serie de “coincidencias”, que son como pequeños milagros en que Dios permanece anónimo, si no nos damos cuenta de su presencia, si estamos tan ciegos que no vemos su intervención. Y la ceguera nos viene porque tenemos puestos los lentes opacos de la mundanidad, que no nos dejan ver las manifestaciones de Dios en nuestra vida.
Dios nos permita tener la sensibilidad suficiente para reconocer todo los bienes que obra a nuestro favor. Sobre todo que nos regale la presteza para salir a su encuentro; Él con sus propias manos prepara el mejor de los banquetes, la Eucaristía.

Por: R.P. Nilton Saavedra Falcon

(Colaborador)

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