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Los misterios del bautismo del Señor
Reflexiones Arzobispo

Los misterios del bautismo del Señor

(Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM. Arzobispo Metropolitano de Trujillo) El Evangelio nos explica que el Señor fue al río Jordán para ser bautizado en él y que allí quiso ser consagrado con celestiales misterios. Un escritor francés, en 1806, había escrito que el río Jordán es el único río de la Tierra que recuerda al viajero cosas terrenas y cosas celestiales.

Y efectivamente el río Jordán no solo atraviesa verticalmente todo Israel, sino que es un agua que baña todas las páginas de la Biblia. En el Antiguo Testamento resuena 179 veces y otras 15 en el Nuevo Testamento.

No sin razón celebramos esta festividad después de la Navidad -aunque ambos hechos están separados por varios años-, ya que, en cierto modo, también esta fiesta viene a ser como un nacimiento. El día de Navidad Jesús nació para los hombres, en el bautismo Jesús renace por los sagrados misterios; entonces fue dado a luz por la Virgen, en el Jordán es engendrado por obra de unos signos celestiales.

Al nacer, según la naturaleza humana, su madre María lo abrazó en su seno; ahora, al ser engendrado místicamente, es como si Dios Padre lo abrazara afectuosamente con aquella voz: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias, escuchadlo”. Dios infunde el Espíritu Santo sobre Cristo, sede de la presencia divina.

María mece suavemente al recién nacido en sus rodillas, el Padre atestigua con su voz su afecto para con su Hijo; la madre lo ofrece a los magos para que lo adoren, el Padre lo da a conocer a todos los hombres para que le rindan culto. Así, pues, el Señor Jesús viene para ser bautizado y quiere que su cuerpo santo sea lavado en las aguas del Jordán. Alguien dirá quizás: «Si era santo, ¿por qué quiso ser bautizado?»

Escucha, pues, lo que dice San Máximo de Turín: “Cristo es bautizado no para ser él santificado por las aguas, sino para que las aguas sean santificadas por él, y para purificarlas con el contacto de su cuerpo. Más que de una consagración de Cristo, se trata de una consagración de la materia del bautismo, es decir, del agua. Desde el momento en que Cristo se sumerge en el agua, toda ella queda limpia con miras a nuestro bautismo, y es purificada la fuente para que los pueblos venideros puedan recibir la gracia bautismal. Cristo, pues, marcha él primero al bautismo para que los cristianos sigan confiadamente tras él.

También la columna de fuego en el Antiguo Testamento iba por delante en el mar Rojo para que los israelitas siguieran decididamente tras ella; la columna de fuego penetró primero en las aguas para preparar el camino a los que irían detrás de ella. Este hecho, como dice el Apóstol, era un símbolo del bautismo. Y fue ya, en cierto modo, como un bautismo en el que los hombres eran cubiertos por la nube y llevados por las aguas.

Todo ello es obra de Cristo, el Señor, pues era él quien precedía entonces en el mar a los israelitas, en la columna de fuego, y es él quien precede ahora al pueblo cristiano en el bautismo, en la columna de su cuerpo. La misma columna que entonces iluminaba los pasos de los que la seguían proporciona ahora su luz a los corazones de los creyentes; entonces abrió en medio de las aguas un camino firme, ahora, en el baño bautismal, robustece los pasos del creyente.

El bautismo es pues un abrazo con el infinito, es comunión con Dios, es nuestra adopción como hijos de Dios Padre, obtenida por el Hijo por excelencia. La relación se coloca en intimidad y de amor con Dios Padre; es una relación de paternidad y de filiación. Como dice el Profeta: “Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas; me inclinaba y les daba de comer” (Os 11,4).

Este es el brazo vertical, pero en el bautismo hay un brazo horizontal, como la cruz: el apóstol Pedro gravó sobre la vida terrena de Jesús un epígrafe (inscripción) que debería ser inscrita también sobre la vida de cada creyente auténtico: Jesús pasó haciendo el bien y sanando a todos.

Te invito a bautizar a tus hijos, a bautizarte. No esperes hacer una gran fiesta, ni tener padrinos importantes. Haz tu bautismo con personas que aman a tus hijos y con sencillez.

(Publicado en Emaús, febrero 2014)

 

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