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Llamados a ser luz del mundo
Reflexiones Arzobispo

Llamados a ser luz del mundo

(Por: Mons. Miguel Cabrejos Vidarte) La luz del sol siempre ha sido objeto de admiración, y veneración en todas las culturas, poemas y canciones. Un himno egipcio al dios Sol puede sintetizar todos los cantos que la humanidad ha dirigido a la luz del sol, viéndolo siempre como símbolo de lo infinito y de Dios: “Magnífico y multicolor, tú creaste la luz con tus ojos divinos.

La tierra es ciega cuando tú desapareces, sol estupendo, radiante esplendor. Tú atraviesas los cielos, espléndida luz de luminoso candor. Tú te despiertas en belleza, altísimo e inaccesible, y cierras el núcleo de tu luz sobre el océano”. También la Biblia usa imágenes luminosas para hablar de Dios. En los salmos se repite: “Haz brillar sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro. En tu luz vemos la luz. Lámpara para mis pies es tu palabra. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”.

La luz habla de Dios: ella es externa a nosotros, no la podemos tener entre las manos, como Dios que es superior y trascendente. Sin embargo nos envuelve, nos abriga, nos traspasa, como Dios que está cerca de nosotros. No obstante, las lecturas bíblicas nos dan una sorpresa. También la luz de la cual se habla es la del hombre: el justo, inundado de la luz divina llega a ser en su momento antorcha que resplandece y abriga; es como cuando en el horizonte aparece una llama de luz e inmediatamente hay vida.

Esta imagen está presente en el profeta Isaías y en el salmo 111, para describir el influjo del hombre justo, generoso y caritativo en el hielo y en la noche del egoísmo de una sociedad siempre más encerrada en sí misma, cuyo símbolo lamentablemente es la puerta blindada y el gozo personal. Debemos, entonces, tener el coraje, la valentía, la fuerza de abrir las puertas de nuestra existencia, de nuestro corazón para partir el pan con el hambriento, para ayudar a los que verdaderamente, sinceramente, tienen necesidad y revestir de atención al que está en soledad y el que está en soledad haga lo mismo, que salga de sí.

Isaías cantaba: “Levántate, revístete de luz, la Gloria del Señor brilla sobre ti. Caminarán los pueblos bajo tu luz. Así debe ser el justo, semejante a la ciudad santa que guía a los hombres dispersos en calles retorcidas y en calles oscuras”. La luz debe resplandecer y la luz de los hombres son sus buenas obras, es decir, las acciones de bondad y de justicia. Son los frutos buenos, como los llama a menudo Jesús.

El hielo, la indiferencia, la oscuridad de muchas personas es el signo de su lejanía de la fuente de la luz que es Dios. Una lámpara sin aceite no sirve para nada, como la sal insípida. El anuncio de Dios no pasa solo a través de las palabras, sino también a través de las manos que obran la paz, que confortan, que colaboran, como las manos de Cristo que curaban y consolaban. Sin esconderse, sin mimetizarse, sin ser flojos, el cristiano debe estar expuesto al sol de Dios, a la luz de Dios, como la ciudad puesta sobre las montañas. Y la luz recibida no debe encerrarla en el círculo de su grupo, de su familia, de su comunidad, sino diseminarla sobre todos y sobre todas las creaturas de Dios.

Nietzche, el famoso filósofo alemán, ateo, increpaba a los cristianos diciendo: “Si la Buena Nueva de vuestra Biblia estuviese también escrita sobre vuestro rostro, ustedes no tendrían necesidad de insistir sobre la autoridad de la Biblia; vuestras obras deberían volver casi superflua la Biblia, porque ustedes mismos deberían constituir la Biblia viva”.

El escritor francés G. Bernanos nos recuerda que Jesús no nos ha invitado a ser dulces, blandos y vanidosos como la miel, sino al contrario, fuertes, rigurosos y decididos como el sabor de la sal. ¿Esto es posible? Sí, con la gracia de Dios, humilde y sincera. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de ser como la “llama”, que una vez encendida, da vida y calor. (Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM. Arzobispo Metropolitano de Trujillo)

Publicado en Emaús, marzo 2014

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