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La Inmaculada Concepción de María
Reflexiones Arzobispo

La Inmaculada Concepción de María

(Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM. Arzobispo Metropolitano de Trujillo).- En la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, se proclama el evangelio de la Anunciación (Lc 1, 26-38), que contiene el diálogo entre el ángel Gabriel y la Virgen. “¡Alégrate, llena de gracia!, el Señor está contigo”. Con este saludo se revela la identidad más profunda de María: “llena de gracia”.

Esta expresión, que pronunciamos cada vez que rezamos el Avemaría, nos explica que María, desde el momento en que fue concebida, Dios la escogió para ser madre de su Hijo hecho hombre y, por consiguiente, preservada del pecado original. Por eso, el ángel se dirige a ella como “colmada desde siempre del amor de Dios”, de su gracia.

El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de esperanza y de fortaleza. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien.

Lamentablemente, cada día nosotros experimentamos el mal, que se manifiesta de muchas maneras en las relaciones y en los acontecimientos, pero que tiene su raíz en el corazón del hombre, un corazón herido, enfermo e incapaz de curarse por sí mismo.

La Sagrada Escritura nos revela que el origen de todo mal se encuentra en la desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte ha dominado porque la libertad humana ha cedido a la tentación del Maligno.

A partir de ese hecho se delinea el nuevo panorama de un mundo revuelto por el mal. La hostilidad, las tensiones, las penas, las fatigas que acompañan a la existencia no estaban inscritas en el proyecto de Dios, no nacen de la voluntad de Dios creador. Son el resultado de la elección del hombre que ha querido sustituir a la moral divina, su moral, decidiendo qué cosa es buena y qué cosa es mala. Ese es el pecado original.

Del pecado original nace un hecho que recorre toda la historia, es como un duelo continuo entre bien y mal, una lucha permanente entre bien y mal. Pero Dios no desfallece en su designio de amor y de vida: a través de un largo y paciente camino de reconciliación ha preparado la Alianza Nueva y Eterna, sellada con la sangre de su Hijo, que para ofrecerse a sí mismo en expiación “nació de mujer” (cf. Ga 4,4).

Con Jesucristo, la lucha contra el mal recibirá un cambio decisivo. Cristo, a través de su gracia, nos libra del mal y del pecado, y nos hace verdaderos hijos de Dios.

La Virgen María, se benefició anticipadamente de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción fue preservada del contagio de la culpa. Por eso, con su corazón inmaculado, nos pide: confiar en Jesús, pues Él nos salvará.

María es representada frecuentemente como la que aplasta la cabeza de la serpiente, símbolo del mal, del pecado.

Es la gran visión del capítulo 12 del Apocalipsis, cuando una mujer vestida de sol da a luz un hijo contra el cual se lanza un enorme dragón. La victoria es para la mujer y su hijo, para María y Jesús, mientras que el gran dragón, la serpiente antigua, aquel que es llamado diablo o Satanás y que reduce a toda la tierra es precipitado al abismo.

 La figura de María Inmaculada es la esperanza hecha realidad, es el signo de la salvación; es el signo del amanecer que antecede al día en el cual “Dios seda todo en todos”.

Es el signo de la libertad, para Dios, para el bien.

María ha estado siempre libre de todo pecado, en ella brilla el éxito de la lucha entre el bien y el mal. María es el signo de esa luz que está delante de nosotros como meta, meta de la gracia y del diálogo profundo con Dios, nuestro Padre.

Encomendemos a su poderosa intercesión las necesidades más urgentes de la Iglesia y del mundo. Que ella nos ayude sobre todo a tener fe en Dios, a creer en su Palabra, a rechazar siempre el mal y a escoger el bien.

(Publicado en Emaús, diciembre 2014) 

 

 

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