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La felicidad, la cultura y la educación
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La felicidad, la cultura y la educación

Mons. José Javier Travieso Martin, cmf.

Cultura, como sabemos, es el cultivo de algo. Como la agricultura, que trabaja la tierra para que produzca vegetales; o la apicultura y la piscicultura, dedicadas a los peces y a las abejas. Cuando hablamos de cultura/s, en general, nos referimos a todo cuanto las personas y sociedades humanas hemos cultivado y producido a lo largo de la historia.

En ese enorme conjunto, sin duda que la joya preciosa habrá de ser el cultivo de lo específicamente humano, más allá de la corporalidad bioquímica y zoológica que compar-timos con el resto del universo. Es decir, el cultivo de nuestra humanidad, de nuestros anhelos más profundos; la búsqueda de las respuestas más importantes y decisivas: quién soy yo y qué es el mundo, de dónde venimos y a dónde vamos. Esto es: el cultivo del espíritu, la búsqueda de Dios, la cultura religiosa para la cosecha de una vida humana auténtica y plena, personal y social.

A esa finalidad de crecimiento humano integral se dedica la educación. Que ha de ser, efectivamente, integral. De modo que, si en un plan educativo faltase la educación religiosa, todo se vendría abajo como un edificio sin cimientos o una carrera sin destino, hacia ninguna parte.

La felicidad del hombre, el gozo de su vida en plenitud y sin final, será, por tanto, el logro de su perfecta humanidad. Lo cual será posible en la medida en que su cultura y su educación sean, como si se tratase de un árbol, el cultivo de todas sus ramas (ciencias, artes y técnicas), de su tronco (la unidad y el sentido del mundo en su conciencia e identidad personal) y de su raíz: la amistad con Dios vivo que a todos da la vida. Cuando el hombre (varón o mujer) se enraíza en Dios, su vida y su cultura se agrandan y embellecen sin cesar. (Publicado en Emaús, agosto 2013)

 

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