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Jesucristo: Obispo  y Pastor de todos
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Jesucristo: Obispo y Pastor de todos

(Por: Mons. Javier Travieso Martín – Obispo Auxiliar de Trujillo) Amigos lectores, hermanos en nuestra gran familia arquidiocesana: ¡salud y paz! El equipo editorial de Emaús me pidió “colaborar con un testimonio personal con ocasión del quinto aniversario de (mi) consagración episcopal”. Se trataría de mostrar, en esta página dedicada a las distintas vocaciones en la Iglesia, en qué consiste el ministerio del obispo.

 

 

 

A tal propósito, evidentemente, no podrán bastar mis pocas y flacas experiencias. Por ello, aunque acuda a ellas -ya que me lo piden, y dando gracias a Dios y a ustedes por su benevolencia a la vez que pidiéndoles perdón-, me parece necesario completarlas con algún  texto que nos ponga ante los ojos ese “ideal” cuyo rostro y figura perfectos hallamos en el Obispo y Pastor de todos: Jesucristo.

El Directorio para el ministerio pastoral de los obispos comienza con estas palabras: “Sucesores de los Apóstoles (Apostolorum Successores) por institución divina, los Obispos, mediante el Espíritu Santo que les ha sido conferido en la consagración episcopal, son constituidos Pastores de la Iglesia, con la tarea de enseñar, santificar y guiar, en comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro y con los otros miembros del Colegio episcopal”.

Por mi parte, he colaborado con nuestro arzobispo en esta triple misión, sobre todo mediante la predicación y la administración de los sacramentos, como ustedes, hermanos presbíteros, laicos y religiosos, ya conocen, pues nos hemos ido encontrando para ello en la parroquia, en el colegio, en el grupo, asociación o movimiento, y en otras formas y ocasiones.

Experimentando así, por cierto, la compañía del Señor que camina con nosotros y nuestra común condición de discípulos misioneros suyos.
En esta “comunión misionera”, como escribe el papa Francisco en el n° 31 de su carta Evangelii Gaudium, unas veces estuve delante, otras en medio y también detrás, no sólo para ayudar a los rezagados sino porque ustedes, como rebaño y amigos del buen Pastor, tienen “olfato para encontrar nuevos caminos”.

Esto he podido comprobar, por ejemplo, en personas y grupos que cooperan con los parroquianos de la sierra, que cuidan enfermos, visitan presos, ayudan a quien mucho necesita pero nadie ve –ni verá nunca la cámara de TV-, y tantas otras obras de amor que Dios suscita en los corazones que se le abren. Obras cuya grandeza y hermosura supe-ran los criterios de un mundo que cree tener pero que carece de lo único necesario: eso que el Señor nos regala a los cristianos, que compartimos y hemos de ofrecer a todos.

Cada cual conforme al don que de Dios recibimos y con el que nos pone al servicio de los demás, como hijos y herederos del mismo Padre, en cuyo Reino el pequeño es el mayor, el último el primero, y el esclavo es el señor: Jesucristo. Y, con Él y como Él, cada cristiano. ¡Demos gracias a Dios!  (Publicado en Emaús, marzo 2014)

(Martes 25 de marzo 2014: V Aniversario de la Consagración Episcopal de Mons. Javier Travieso)

 

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