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“Háganse amigos entre los pobres”
Reflexiones Arzobispo

“Háganse amigos entre los pobres”

Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte

“ Lc 16, 1-13. Es la parábola del administrador de una hacienda que tiene en sus espaldas una historia de corrupción e infidelidad y no duda en falsificar los balances con la complicidad de sus deudores, con tal de conservar su posición y su status. Su actitud es típica, como dice el Evangelio, “de los hijos de este mundo” quienes, ante un acontecimiento dramático de su vida, saben escoger con extrema velocidad, energía y decisión el único camino de salvación que les queda, esto es, la tabla que los puede salvar del naufragio.

Jesús no pretende presentarnos como modelo la estafa perpetrada de aquel administrador sino más bien el estilo de rapidez con la cual la acción es conducida y realizada. Parece que Jesús dijera: “¿Por qué ustedes, hijos de la luz, no entienden la urgencia de este tiempo que están viviendo? ¿Por qué se mantienen inertes, alejados y distraídos y no recurren al remedio drástico y decisivo de cambiar el corazón y de escuchar la Palabra del Evangelio?

No se puede ser en la vida como niños caprichosos o perezosos que dejan desvanecer, pasar el tiempo y no tomar conciencia del rol de la existencia que hay que cumplir (Lc 7,31-35). Por eso, Jesús mira con tristeza la larga fila de las personas indiferentes, amorfas, banales, superficiales, empeñadas solo en las cosas materiales y sobre todo en el bienestar y la riqueza.

Es así que la parábola cede el paso a un duro latigazo que Jesús lanza contra las tentaciones del dinero. Ataca con vehemencia la ilusión de poder estar contemporáneamente en dos campos, el de Dios y el de la riqueza.

Jesús usa un vocablo de origen fenicio “mammona”, un término que indicaba seguridad y estabilidad económica, éxito y esplendor en la vida que contraponiéndolo a Dios lo transforma en una especie de ídolo. En contraste existe la palabra “amén”, que en el lenguaje hablado de la época indicaba la Fe. Son como dos religiones en contraste, son como dos fidelidades, dos elecciones fundamentales: de un lado, la elección del amor y de la fraternidad generosa que es la religión auténtica y divina y, de otro lado, la lógica pura del tener, del aprovecharse, del egoísmo, que está a la base de la religión idolátrica.

San Lucas repite con insistencia la necesidad de elegir, optar. La riqueza injusta, causada por injusticias y generadora de otras injusticias, es el obstáculo principal para el ingreso en el Reino de Dios, es la razón esencial de todo fracaso en la fe.
Por eso el llamado fuerte y hasta aparentemente contradictorio: con vuestra riqueza deshonesta, háganse amigos entre los pobres, entre los últimos y necesitados, donando y ayudando, porque son los pobres y necesitados quienes conducen al reino de Dios si renunciamos al peso de la riqueza que nos bloquea el camino hacia Dios.

Hermanos y hermanas, sabemos que el creyente tiene que vivir en contacto con la realidad económica, pero conservemos siempre intacta, con la gracia de Dios, la capacidad de no ensuciarnos las manos y la conciencia con dinero injusto, sucio, mal llegado, dinero corrupto. Por el contrario, encontremos a menudo la fuerza de la generosidad y del desprendimiento real.

Como confesaba el autor de Las Narraciones de un Peregrino ruso: “Por gracia de Dios soy hombre y cristiano; por acción gran pecador; por vocación peregrino de la especie más miserable, errante de lugar en lugar. Mis bienes terrestres son una alforja a la espalda, son un poco de pan y en el bolsillo interno de mi túnica la sagrada Biblia. Nada más…” (Publicado en Emaús, octubre 2013)

 

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