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Exaltación de la Santa Cruz
Reflexiones Arzobispo

Exaltación de la Santa Cruz

(Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM) .– Señor, entrelázame al árbol a quien pertenezco: no tiene sentido si permanezco solo”. Esta invocación del autor del libro “El Principito” podría ser “transcrita” para el “árbol de la Cruz”.

 La historia de la humanidad resulta casi suspendida entre dos árboles: de un lado, está el árbol del conocimiento del bien y del mal en el jardín del Edén, bajo el cual se consuma el drama del pecado; de otro lado, está el árbol del Calvario, la Cruz de Jesús, bajo el cual se abre la historia de la redención.

 Y esto es lo que viene sintetizado en el prefacio eucarístico: “En el árbol de la Cruz tú has establecido la salvación del hombre, porque donde surgía la muerte, de allí resurgiría la vida”.  Busquemos, pues, separarnos de aquel primer trágico árbol, para entrelazarnos al árbol de la salvación porque “no tiene sentido permanecer solo”. Sin estas raíces no se tiene alimento para vivir.

 Los invito a fijar la atención en los verbos que utiliza San Juan en el evangelio (Jn 3, 13-17) y que la liturgia ha anudado al árbol de la cruz, donde exactamente ha estado elevado el Hijo del hombre.

El primer verbo es creer, repetido dos veces. Para entender el significado de la cruz, de por sí suplicio atroz y signo de derrota, es necesaria la fe que la revela como signo de gloria, como trono del triunfo sobre el mal.

 El segundo verbo: amar. “Dios ha amado tanto al mundo”. A través de la fe descubrimos que la cruz es un signo de amor divino: sobre la cruz se manifiesta el deseo divino de no abandonar al hombre a sí mismo, a su miseria y a su locura pecadora. El amor del Padre se manifiesta con un don, el del Hijo Jesucristo.

El tercer verbo: dar. “Da a su Hijo Unigénito”. 

El cuarto verbo: enviar. “Dios ha enviado el Hijo al mundo”. La encarnación es representada como un don divino y como una misión salvífica que tiene como meta el sacrificio redentor del Hijo. Cristo viene en medio a nosotros con una responsabilidad bien precisa. Y esto es lo que nos muestra otra serie de verbos en el evangelio.

 El quinto verbo: juzgar. “No ha venido para juzgar el mundo”. Dios no desea hacer estallar el juicio sobre el mal de la humanidad; no es un emperador inexorable que quiere aplicar con rigor la justicia.  De hecho, ¿cuál es el verdadero deseo de Dios?

Lo expresa, el sexto verbo: salvar. “Para que el mundo se salve por medio de él”. Luminosa expresión del inclinarse de Dios sobre la criatura frágil y pecadora para levantarla hacía Él, hacia la gloria y la luz. Y así se abre un nuevo horizonte para la creatura definido en otros dos verbos.

 No morir: “Quien crea en Él no muera”, expresión de nuestro destino. No estaremos más obligados a participar en los infiernos, en la ausencia de la luz. Tendremos la cercanía de Dios y la esperanza de estar con Él.

 El octavo verbo, que sella la total victoria de la cruz de Cristo: “tener la vida eterna”, repetidos dos veces. En el lenguaje de San Juan, la “vida eterna” no es una pálida inmortalidad de vago sabor platónico, sino es participación en la misma vida de Dios. No es una sobrevivencia más allá de la muerte sino comunión plena y eterna con el Señor.

La cruz de Cristo describe de este modo la eterna enseñanza de la salvación. La cruz de Cristo encarna el ingreso de Dios en la historia hasta aquella terrible frontera que es la muerte y el pecado, pero para despedazar el encanto perverso del mal y levantarnos hacia lo infinito, hacia la vida, hacia la luz.

La Cruz de Cristo es, pues, un estandarte de muerte y de vida, de humildad y de gloria, de sufrimiento y de alegría, de humanidad y de divinidad. Nuestro estatus de creaturas mortales y pecadoras desde cuando ha estado asumido por Cristo, ha sufrido una metamorfosis radical.

La Cruz de Cristo es la síntesis de esta transformación: nuestra pobreza ha sido condividida y liberada, nuestro pecado ha sido asumido y cancelado, borrado; nuestra miseria ha sido aceptada y curada; nuestra humanidad ha sido tomada y redimida. Adán había desafiado a Dios subiendo la escalera del orgullo; Cristo ha descendido del reino celeste para tomarnos de la mano y conducirnos allí, junto con Él.

No existe otra gloria para el cristiano, sino la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por medio de la cual el mundo ha sido crucificado para nosotros, como nosotros para el mundo (cf. Gal 6, 14).

(Publicado en Emaús, noviembre 2014)

 

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