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El Credo Nº 01 – Diciembre 2013
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El Credo Nº 01 – Diciembre 2013

“Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra”

(Por: P. John Lydon McHugh, OSA.).- El primer artículo de la fe afirma que Dios es el Creador de todo el universo. Sólo Dios ha creado el universo, libremente, sin ninguna ayuda (CIC 307). La culminación de su creación es el ser humano, hecho a imagen y semejanza (CIC 343). Esta primera afirmación del Credo nos lleva a varias conclusiones y consecuencias:

1) Todo es obra de Dios; por lo cual debemos cuidar la obra de la creación.
2) El hombre, varón y mujer, participa en la obra de la creación, continuando su obra.
3) Todo es creado por Dios para toda la humanidad del presente y del futuro. De ello se deduce el destino universal de los bienes.

1. Cuidado de la Creación 1

Por la obra de la creación vemos la manifestación de la presencia de Dios. Leemos en la constitución conciliar Dei Verbum: “Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas…” (DV 3). Por lo cual la creación es el primer libro de Dios (San Agustín). “La belleza de la creación refleja la infinita belleza del Creador. Debe inspirar el respeto y la sumisión de la inteligencia del hombre y de su voluntad” (CIC 341). Necesitamos, pues, cuidar la creación, el medio ambiente, para no destruirlo con un desarrollo basado solamente en el mercado y la economía presente. Dijo el Papa Benedicto XVI: “es necesario ‘un cambio de mentalidad’ para llegar rápidamente a un estilo de vida global que respete la alianza entre el hombre y la naturaleza, sin la cual la familia humana pueda desaparecer (…) Todos los gobiernos se deben comprometer a proteger la naturaleza para que pueda desempeñar su papel esencial en la supervivencia de la humanidad” 2 .

“Esta soberanía no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del Creador, ‘que ama todo lo que existe’ (Sb 11,24), el varón y la mujer son llamados a participar en la providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha confiado” (CIC 373).

Se debe dar una respuesta espiritual a las cuestiones medioambientales, inspirada por la convicción de que la creación es un don que Dios ha puesto en manos de la humanidad, para ser usado de modo responsable y con cuidadoso cariño3 .

2. Colaboradores para continuar la obra de la creación

“Colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo” (CIC 1742)4 .
Después de reconocer la creación como obra de Dios, es importante señalar que la culminación de dicha obra es el ser humano, ya que “el hombre ocupa un lugar único en la creación: ‘está hecho a imagen de Dios’” (CIC 355; Gen 1,26-27).

En primer lugar, el hombre tiene la misión de utilizar las cosas para dar alabanza al Creador y para continuar la obra del Creador. Vemos estos dos enfoques en Gaudium et Spes:

“Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo” (GS 34).

“El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte en la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios, manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún, obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los hermanos” (GS 57).

Como tal, el hombre continúa la obra creadora de Dios, siguiendo fielmente el plan del Creador para que el mundo vaya desarrollándose en tal forma que promueva la dignidad integral de todos los seres humanos de la generación presente y de las generaciones futuras 5. Así, con el poder de la gracia divina y guiados por “las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad” (GS 30), los hombres participan plena y libremente en la obra de la creación transformando el mundo conforme al Reino de Dios 6 .

3. Creación y destino universal de los bienes 7

Todo lo creado por Dios es para toda la humanidad, tanto hoy como para las generaciones futuras. Por eso el artículo de Dios Creador abarca la distribución justa de los bienes de Su creación. El tema del destino universal de los bienes es un tema eje en la Doctrina Social de la Iglesia 8. La acumulación de las riquezas de la creación en las manos de unos pocos, mientras que una gran parte de la humanidad pasa hambre es uno de los escándalos de nuestro tiempo y va en contra del principio del destino universal de los bienes. En Gaudium et Spes se expresa claramente:

“Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás” (GS 69).

También el Catecismo subraya este valor: “Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres” (CIC 2402).

Entonces, el debido respeto a la propiedad privada siempre está subordinado a los principios del destino universal de los bienes y al bien común. Para usar una frase de Juan Pablo II, sobre la propiedad existe una “hipoteca social”, es decir, una obligación de estar en solidaridad con aquéllos a quienes les falta lo necesario para vivir dignamente. Aquí está vinculada la opción preferencial por los pobres, ya que el mismo Vaticano II señala la raíz cristológica de tal opción cuando dice en el documento Lumen Gentium: “Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino” (LG 8). También el decreto Ad Gentes dice: “La Iglesia debe caminar por el mismo camino de Cristo; es decir, por el camino de la pobreza” (AG 5).

Entonces, por razón de la misma opción y la preferencia de Cristo en vivir pobre y proclamar su misión en forma especial entre ellos, la Iglesia quiere asumir esta opción “porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo” 9. Se refleja esta misión especial de la Iglesia en el Catecismo donde dice: “los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos” (CIC 2448).

Con estos tres enfoques podemos ver algunas conclusiones que nos lleva el primer artículo de la fe.

 

“Creo en Jesucristo, su Único Hijo, nuestro Señor”

creo en jesucristo(Por: P. John Lydon McHugh, OSA.).- El segundo artículo de la fe contiene muchas verdades que van desarrollándose en los cinco siguientes, dedicados al ser y a la misión de Jesús. Aquí vamos a subrayar tres aspectos que brotan de este artículo.

1. Jesús es el enviado del Padre

El plan de salvación de Dios alcanza su punto culminante en el envío de su propio Hijo. Por siglos, Dios se reveló a su pueblo como Creador y Liberador. Vemos en el libro del Génesis la revelación de Dios como creador (Gn 1-2); en el Éxodo (que de hecho es el libro más antiguo de la Biblia), Dios se revela como liberador de su pueblo que sufre la esclavitud en Egipto (Ex 14-15). Dios quiere que su pueblo viva en libertad, pero la atadura del pecado es tan fuerte y enraizada en el ser humano (GS 13; CIC 404) que necesita un liberador que no sufra de esta atadura; por lo cual el Padre envió a su único Hijo, Jesús, para liberar de una vez para siempre a su pueblo de las cadenas del pecado (Ef 1,7; GS 2). Por eso, la culminación del plan de la salvación está realizada en la encarnación-pasión-muerte-resurrección de su Hijo (Col 1; CIC 599-60). Una vez realizada esta liberación, ya está lograda para siempre. Es decir, que el poder del mal ya no tiene dominio sobre nosotros (Rom 6,14). Ciertamente, una persona puede elegir libremente el camino del mal, pero nadie puede decir que no está libre para escoger, porque, con su muerte y resurrección, Jesús venció el dominio del mal sobre nosotros; es decir, el pecado; e incluso el poder de la muerte.

Liberándonos del pecado, Jesús cumplió la misión de su Padre. Claramente podemos decir que Jesús es el “Misionero del Padre”, enviado por Él para realizar en plenitud el plan de salvación. Como Cristo, tiene que ser su Iglesia, y el Concilio Vaticano II lo subraya con toda claridad diciendo que la Iglesia, en fiel seguimiento de Cristo, es, por naturaleza, misionera (AG 2). Por eso, la frase ya bien conocida de Aparecida de que nosotros debemos ser “discípulos y misioneros” refleja un profundo vínculo con la misma naturaleza divina de Jesús que es el Misionero por excelencia y así el modelo perfecto de lo que significa ser misionero hasta hoy.

Jesús es, a la vez, el único Hijo del Padre, que significa que solo Él puede liberar al pueblo del poder del pecado, incluso de la muerte (1 Cor 15). Él es el único Salvador de toda la humanidad (LG 14). Mientras que hay muchas religiones con distintas interpretaciones de dios, el único que salva a su pueblo es Jesús (CIC 613-614). Y Jesús, con su victoria sobre la esclavitud del mal y de la muerte, libera a toda la historia y a todos los pueblos, aún a los que todavía no conocen su nombre ni comprenden que él es el único Hijo de Dios (LG 16).

2. Jesús es el Cristo

Cuando decimos “Jesucristo” lo hacemos juntando dos palabras: una es el nombre “Jesús” (que significa “Dios Salva”, CIC 430), y otra es el título reconocido por los primeros discípulos para subrayar que Jesús fue el “ungido” del Padre y “Señor” de la Historia (CIC 436; 446). Esto tiene consecuencias muy importantes, principalmente que la autoridad absoluta del plan de Dios sobre nosotros está revelada en la vida y misión de Jesús.

Por lo cual, ninguna ley de ningún gobierno, ninguna norma de ninguna institución, ninguna costumbre de ningún pueblo, pueden contradecir el plan de Dios. Reconociendo a Jesús como el “Cristo” y el “Señor”, estamos declarando que nuestra última medida de lo que es correcto, de lo que es humano y bueno, es solo nuestro Señor Jesucristo (CIC 450). Gobiernos civiles pueden pasar leyes (por ejemplo, promoviendo el aborto o la pena de muerte o la esterilización), la sociedad civil puede justificar prácticas enraizadas en la cultura (por ejemplo, la corrupción o el machismo), pero quien reconoce a Jesucristo como Señor siempre estará en contra de estas leyes o prácticas porque la última medida de lo bueno y lo correcto es únicamente la verdad que nos ha dado Jesucristo.

Los cristianos no aceptan la leyes que van en contra de la voluntad de su Señor, aunque los gobiernos y los medios de comunicación los promuevan bajo un sin fin de falsas justificaciones. De hecho, la fiesta litúrgica de “Cristo Rey” fue establecida principalmente para subrayar este principio, que brota del segundo artículo de la fe, frente a las dictaduras que promovían leyes en contra de la justicia y el amor revelado por el Señor. Reconocer a Jesús como nuestro “Rey”, nuestro “Señor”, significa que reconocemos que no todo está permitido.

Las cosas que aplastan a los indefensos (niños no nacidos), a los más pobres (un desarrollo que les paso por alto), a los derechos humanos (con el pretexto de la “seguridad nacional”), a la familia (promoviendo matrimonios “gay”), etc., simplemente no son legítimas a los ojos de uno que dice que “Jesús es el Señor” (Rom 10,9).

La Iglesia, en su Doctrina Social, subraya este principio de que “no todo está permitido”. Los documentos que nos hablan de la dimensión social de nuestra fe en Jesucristo subrayan que la “justicia social” es el valor que tiene que dirigir todos los modelos económicos del desarrollo.

Por eso, la “brecha entre los pobres y los ricos” que se aumenta cada vez más, las normas internacionales que ponen el pago de la deuda externa por encima de la salud y educación de los pobres, los modelos de desarrollo que solo enfocan sobre lo económico y no sobre la dimensión integral del ser humano, no son aceptables para uno que ve la “justicia social”, no como lema político, sino como mandato de Jesucristo, quien es el Señor de la Historia y pone el “Reino de Dios” como el centro de su propia misión ecristontre nosotros (Mc 1,15).

3. La medida del amor es el amor sin medida (San Agustín)

Dios es amor (1Jn 4,16), y por amor a nosotros, por su deseo de que la humanidad viva libre del pecado o de la muerte, envió a su Hijo como Salvador único de la humanidad. Para el cristiano, este amor es revelado en plenitud en el nacimiento, vida, muerte y resurrección de Jesús. Toda su vida es un acto de amor, toda su vida es un “sí” a la voluntad de su Padre, toda su vida es “el amor sin medida”. Por eso él es nuestra medida de lo que significa el amor.

El evangelio de San Juan subraya esto más que nadie, especialmente en la oración antes de su pasión, cuando Jesús dice que hay un solo mandamiento nuevo: “que se amen unos a otros como yo les he amado” (Jn 15). También san Juan nos relata que en su última cena Jesús lava los pies de sus discípulos y dice: “Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo” (Jn 13,14-15). Así Jesús nos revela que el servicio es dimensión esencial de su misión y señal de fidelidad a su medida del amor.

El mandato misionero (Mt 28) está basado en este amor. Por amor a Jesús y por el deseo de vivir como él vivió (Flp 2,5), nosotros aceptamos la misión. Aceptamos el rol de servicio en la misión de Cristo con nuestra participación en la vida de la Iglesia. Cuando estamos cansados o agobiados, cuando estamos enfermos o sin fuerzas, es precisamente cuando recordamos que hay una sola medida del amor y esto nos impulsa para continuar como misioneros de Jesucristo.

Este segundo artículo de la fe nos invita entonces a una entrega más profunda. Somos llamados a seguir el ejemplo de Cristo Misionero, a poner la ley de Cristo por encima de todo y a buscar caminos de participación en nuestra parroquia para imitar la medida del amor y servicio de Cristo.

 

“Creo en Jesucristo que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María”

(Por: P. John Lydon McHugh, OSA.).- El tercer artículo de la fe se refiere de manera especial a la naturaleza divina y humana de Jesús. Como fue dicho antiguamente, “uno y Él mismo es completamente humano y completamente divino” (San Ireneo) 10 . Podemos subrayar tres aspectos que brotan de este artículo.

1. Jesús es completamente divino y completamente humano 11

La verdad fundamental de nuestra fe en Jesús como el Cristo y el Señor se basa en la fe en que Él mismo es completamente humano y completamente divino 12. Él es Hijo de Dios e Hijo de María y, por eso, decimos que María es Madre de Dios 13.

En el segundo artículo hemos visto que Él es el enviado por el Padre para el cumplimiento del plan de salvación. Aquí vemos que esta misión se realiza por obra del Espíritu Santo, ya que Padre, Hijo y Espíritu Santo son de la misma naturaleza divina. (En otro artículo desarrollaremos el tema de la Trinidad). Por lo cual, como es anunciado por el arcángel Gabriel, Jesús es obra del Espíritu Santo y, por eso, Hijos de Dios (Lc 1,35).

Esto subraya que Él es completamente divino. Pero igualmente importante para nuestra fe es que Él es completamente humano, porque siendo humano Él puede salvar la humanidad (como dice un antiguo refrán: “lo que no es asumido no es redimido”)14. Es desde su humanidad que podemos entender que su sufrimiento, su pasión y su muerte en la cruz, como sacrificio para salvarnos de la atadura del pecado, es realmente un sufrimiento humano.

En los primeros siglos de la Iglesia había varias herejías que negaban o menos preciaban la humanidad de Jesús 15 y la Iglesia siempre ha sido fiel en mantener que Jesús es completamente humano, lo mismo que nosotros, incluso sufriendo tentaciones, pero que no tenía pecado (Hb 2,17; 4,15) 16. Es desde su humanidad que podemos ver que Jesús entiende nuestras luchas y nuestras tentaciones.

A la vez, sabiendo que Él es completamente divino y que a pesar de su divinidad entró en la historia humana en el rincón más bajo (como esclavo Flp 2,6-11) para elevarnos a todos al nivel de la gloria de Dios (2 Pedro 1,14) 17 , estamos convencidos del gran amor absoluto que Dios tiene por su pueblo (Jn 3,16). El hecho de que Dios se hizo hombre y murió por nosotros es la prueba más grande del amor.

Ya que nuestra fe se basa en el reconocimiento de que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, hemos de rechazar el dualismo, que muchas veces aparece en la historia, que divide el mundo espiritual del mundo de la historia humana . La unidad de la divinidad y humanidad en Jesús confirma una verdad bíblica: la historia de salvación no está separada de la historia humana. No existen dos historias, sino una sola historia humana donde Dios se revela y actúa en plenitud en la encarnación de su Hijo en dicha historia.

La Doctrina Social de la Iglesia enfatiza esta unidad de una sola historia, rechazando el argumento de muchos gobiernos: que la Iglesia no debe entrar en temas sociales sino sólo con temas relacionados con la liturgia. La unidad de la historia significa que todo lo que afecta la dignidad humana es de preocupación para Jesús y para su Iglesia.

2. María es Madre de Dios

La Virgen María, al aceptar la petición de dios transmitida por el arcángel Gabriel (Lc 1,26-38), se convierte en el vínculo, cauce o puente para que llegara al mundo el Salvador. María ha sido designada para este servicio desde el plan salvífico del Padre (CIC 488); por lo cual ocupa un lugar especial entre todos los seres humanos (CIC 411). Ella es reconocida como la primera discípula y misionera de su propio hijo, convirtiéndose así en modelo para nosotros 19.

El Credo subraya este papel de María. El debate sobre este tema y la declaración del Concilio de Éfeso se centraron en una reflexión acerca de la muerte de Jesús y de si en su divinidad Jesús sufrió su pasión y muerte. Declarando a María “Madre de Dios”, este concilio estaba hablando en primer lugar sobre Jesús, subrayando así que la misma persona, divina y humana, sufrió y murió en la cruz. Ya que Dios (el logos) sufrió y murió para redimirnos, la conclusión era obvia: María es Madre de Dios.

Aunque el culto de veneración dado a María “se distingue esencialmente del culto de adoración tributado al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo” (LG 66), ella ocupa un lugar singular en la devoción y veneración de los fieles. Ella es “la llena de gracia” (Lc 1,28) que se manifiesta en la doctrina de la Inmaculada Concepción, la cual subraya que María fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción… inmune de toda mancha de pecado” (LG 56).

Ella es la Virgen que concibió al Salvador y a la vez mantenía su virginidad (CIC 496-501). “Es virgen porque se virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna” (LG 36) y de su entrega total a la voluntad de Dios” (CIC 506). Ella es Madre de Cristo y Madre nuestra, ya que “la maternidad espiritual de maría se extiende (Jn 19,26-27; Ap 12,17) a todos los hombres a los cuales Él vino a salvar” (CIC 501).

3. La dignidad humana

La antigua expresión en la Iglesia que “la gloria de Dios es el hombre viviente” 20 , subraya la dignidad del ser humano y su relación plena con Dios (CIC 1701ss; 1929ss.). El artículo de la fe que subraya que Jesús es humano, nos lleva a defender la dignidad humana en toda circunstancia y, por eso, uno de los temas centrales de la Doctrina Social de la Iglesia es la dignidad humana y los derechos humanos (CIC 2273).

El tema es tan antiguo como la revelación del Dios Liberador que escuchó el grito del pueblo sufriente en la esclavitud (Éxodo 15), y tan nuevo como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 que es, en palabras de Juan Pablo II, “una de las más altas expresiones de la conciencia humana de nuestros tiempos” 21.

En este sentido la Iglesia puede decir que siempre se ha preocupado de los derechos humanos, en el sentido de que las raíces están en la promoción de la dignidad humana y que en este campo la Iglesia ha estado presente. El Papa Juan XXIII en Pacem in terris subrayó mucho el tema abrazando los valores de la Declaración Universal y poniéndolos dentro del contexto de la Doctrina Social de la Iglesia 22.

En medio de la diversidad de culturas y perspectivas políticas, en los últimos años ha surgido la idea de que el tema de los derechos humanos políticos e individuales están culturalmente enraizados en el Occidente y que no es tan válido en otros contextos.

En América Latina este argumento proponía que para luchar contra la violencia terrorista era necesario poner en primer lugar, encima de los derechos humanos, lo que se llamó “la doctrina de seguridad nacional”.

La respuesta de la Iglesia es rechazar todas las perspectivas que tratan de relativizar y disminuir los derechos humanos, y afirmar que los derechos humanos son universales, inalienables e inviolables 23. Así lo reafirmó el Papa Benedicto XVI en las Naciones Unidas declarando que “la universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana”, expresando su preocupación por una concepción relativista del mundo actual que pueda perjudicar la dignidad humana. También recalcó que “la promoción de los derechos humanos sigue siendo la estrategia más eficaz para extirpar las desigualdades entre países y grupos sociales, así como para aumentar la seguridad” 24.

Cristo nos revela lo que es el ser humano, y nada que vaya en contra del Evangelio de la Vida puede ser justificado: “Cristo Redentor… revela plenamente el hombre al mismo hombre… En esa dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propio de su dignidad… Este profundo estupor respecto al valor y la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo” 25 .

En estos tres enfoques vemos sólo algunos aspectos de la profundidad del tercer artículo de la fe, y en temas siguientes se pueden desarrollar algunos más.

 

1 Cf. CELAM, Documento de Aparecida, 470-475.
2 Benedicto XVI, Discurso (9 de julio de 2011). También ver: Si quieres promover la paz, protege la creación. Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2010.
3 Mons. Giampaolo Crepaldi (Secretario del Pontificio Consejo Justicia y Paz), Decálogo de la Ecología, 2005.
4 Ver CELAM, Documento de Aparecida, 24 y 120.
5 Juan Pablo II, Laborem exercens explica bien la espiritualidad del trabajo en la continuación de la obra de la creación.
6 Ver GS 3, 12, 14, 16-19, 21, 23-26, 33-39, 53, 59, 63, 69; LG 48. También 3 años después del Concilio, la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín usa la
expresión “transformar” América Latina como misión de la Iglesia.
7 Ver Aparecida, 125-126.
8 Ver Gaudium et Spes, 69; Populorum Progressio, 22; Laborem Exercens, 14; Sollicitudo Rei Socialis, 31.
9 Juan Pablo II, Laborem Exercens, 8. Expresión de Juan XXIII, Discurso (11 de septiembre de 1962). También ver Discurso inaugural de Benedicto XVI en Aparecida, sobre la
dimensión cristológica de la opción por los pobres. En el Documento de Aparecida, 391-398.
10 El Concilio de Calcedonia cita 7 veces esta frase de “uno y el mismo” para subrayar la plena humanidad y plena divinidad de Jesús.
11 El Concilio de Calcedonia dijo con claridad lo que siempre ha sido la fe de la Iglesia: “Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos unánimemente enseñamos que se ha de
confesar al único y mismo Hijo, el Señor Jesucristo, él mismo perfecto (completo) en divinidad, y él mismo perfecto en humanidad, él mismo verdaderamente Dios y
verdaderamente hombre”.
12 Esta fe bíblica se puede ver en muchas citas bíblicas. Se puede subrayar: Rom 1,3; 10,9; Jn 1,14.
13 El Concilio de Éfeso utiliza esta terminología (Theotokos).
14 Gregorio de Nacianzo usa esta expresión que se encuentra reafirmada en la doctrina del Concilio I de Constantinopla y repetida por el papa León Magno en Tomus ad
Flavianum.
15 Por ejemplo, Ignacio de Antioquía luchaba contra el docetismo, e igualmente Ireneo en contra del gnosticismo
16 Gaudium et Spes 22: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre,
obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto
en el pecado”.
17 “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios” (San Agustín, Sermón 13). San Atanasio tenía una frase semejante.
18 En el principio del siglo II, San Ireneo introduce la terminología “economía de salvación” para rechazar el dualismo de los gnósticos y así enfatizar que hay un solo plan de
Dios que abarca toda la historia.
19 Documento de Aparecida, 266-268.
20 Frase de San Ireneo. Para conocer más, ver CIC 294.
21 Juan Pablo II, Discurso con ocasión del 50 aniversario de las Naciones Unidas (5 de octubre de 1995), 2.
22 Juan XXIII, Pacem in terris, 9-27. También Pío XII en su discurso por radio en Pentecostés (1 de junio de 1941), conmemorando el aniversario de Rerum novarum es uno de
los primeros en proponer una declaración universal. La inclusión de los derechos económicos en la Declaración Universal se debe a la influencia de los países
latinomamericanos que eran guiados por los documentos de León XIII y Pío XI.
23 Pacem in terris, 9; Gaudium et Spes, 26, 2. Juan Pablo II, Discurso a la ONU: Sobre los derechos de las naciones (1995), 3.
24 Ambas citas son de Benedicto XVI en su Discurso en las Naciones Unidas (18 de abril de 2008).
25 Juan Pablo II, Redemptor hominis,10.

 

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