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Formación en la Fe

“El deseo de Dios”

Catequesis del Papa

El camino de reflexión que estamos realizando juntos en este Año de la Fe nos conduce a meditar hoy un aspecto fascinante de la experiencia humana y cristiana: el hombre lleva en sí un misterioso deseo de Dios. De modo significativo, el Catecismo de la Iglesia católica se abre precisamente con la siguiente consideración: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (n.27)

Muchos contemporáneos nuestros podrían objetar que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios. Para amplios sectores de la sociedad Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferente, ante lo cual no se debe siquiera hacer el esfuerzo de pronunciarse. En realidad lo que hemos definido como “deseo de Dios” no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy, de muchas maneras, al corazón del hombre.
Se podrían hacer consideraciones análogas a propósito de otras experiencias humanas, como la amistad, la experiencia de lo bello, el amor por el conocimiento: cada bien que experimenta el hombre tiende al misterio que envuelve al hombre mismo; cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente.

El hombre, en definitiva, conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón. No se puede conocer a Dios sólo a partir del deseo del hombre. El hombre es el buscador del Absoluto, un buscador de pasos pequeños e inciertos.

El dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es señal de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios. San Agustín también afirmaba: “Con la espera, Dios amplía nuestro deseo; con el deseo amplía el alma y dilatándola la hace más capaz”.

Benedicto XVI (21.11.12)

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