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Conclusiones del V Congreso Interuniversitario de Pastoral
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Conclusiones del V Congreso Interuniversitario de Pastoral

(Emaús) En este V Congreso, bajo el lema “Yo vivo mi sexualidad, ¿y tú?, ayudados por las ponencias magistrales de nuestros invitados, los universitarios de las diferentes universidades de Trujillo hemos avanzado en la comprensión de nuestra sexualidad como don del Dios que es Amor.

Para la fe cristiana, la sexualidad es una realidad humana, don precioso de Dios, que nos capacita para el encuentro amoroso, lleno de exigencias éticas y promesas de felicidad, del  varón y la  mujer.

La primera tarea que los jóvenes tienen en este terreno consiste en darse cuenta de los prejuicios que envuelven a la sexualidad. Y también de todas las tragedias a las que ha llevado y lleva cuando se la vive como apropiación y explotación de la otra persona, sin respeto, sin ternura, sin normas, al margen de un proyecto de vida, solo como codicia y afán de posesión.

En la sexualidad se manifiesta, mejor que en ninguna otra dimensión humana, la ambigüedad de la existencia humana, “destinada” por Dios al bien, pero “inclinada” al mal.

En la vivencia de su sexualidad el ser humano ha de vérselas con una realidad que lo embarga y posee y de la que, sin embargo, es responsable. La fuerza del deseo sexual es capaz de destruir, de cosificar, de asesinar. Pensemos en la prostitución, en la pornografía, en los abandonos y traiciones en este terreno. La fe cristiana siempre ha visto en la inclinación de la sexualidad a ignorar al otro, a usarlo y, en el extremo, a aniquilarlo, como una tentación y no como una fatalidad: es decir, el ser humano está llamado a ser responsable en su vivencia de la sexualidad.

La sexualidad hace capaz al ser humano de encontrarse con el misterio de la otra persona, irreductible, imagen de Dios. De donarse a ella y de acogerla, en una apertura a la vida, el hijo.

La sexualidad humana está constituida por cuatro dimensiones básicas e irrenunciables, a saber, la dimensión biológica (el cuerpo, sustrato irreductible y primero de la persona), la dimensión psicológica (la inclinación y apetencia del varón y de la mujer), la dimensión social (hijos – familia – sociedad) y la dimensión espiritual (apertura al amor a la pareja y a Dios). La sexualidad es una realidad humana bío – psíquica – social – espiritual.
El rechazo de la alteridad de la otra persona, la reducción del otro a un cuerpo que se ofrece a su placer, la búsqueda egoísta de satisfacción y diversión no son aceptables en una visión humanista de la vida, abierta a Dios.

El matrimonio es un reto, un desafío para los dos, no solo de cara al sacramento sino que ha de llevar a ambos a participar en el Proyecto que Dios tiene para cada ser humano: no es fácil, pero sí hermoso y vale la pena.

Los rasgos de cada persona, con el propio esfuerzo y la gracia de Dios, han de ir haciéndose complementarios con los de la pareja y, de ese modo, constituirse en ejemplo para los hijos. Incluso los estereotipos del varón y la mujer en cada tiempo y lugar pueden ser “recuperados” en la vida de la pareja y ponerse al servicio de ambos y de los hijos.; logrando así el desarrollo de su sexualidad y dignidad humana para que sean felices.

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