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¡Aquí está nuestra Madre, Puerta del cielo!
Reflexiones Arzobispo

¡Aquí está nuestra Madre, Puerta del cielo!

Mons. Miguel Cabrejos Vidarte, ofm. Arzobispo Metropolitano de Trujillo

1. María es la mujer de fe por excelencia porque creyó en la Palabra de Dios. En el Año de la Fe, la tenemos entre nosotros bajo la advocación de la Inmaculada Virgen de la Puerta para que, a través de ella, aumente nuestra fe en Cristo.

2. María es una mujer que sobresale como Madre del más célebre de la historia, Jesús de Nazaret, Hijo de Dios y Señor Nuestro. Su existencia terrestre, con sencillez, la asoció a la persona eterna del Hijo de Dios. Según San Lucas, María se situó entre los pobres y no se dio el título de diosa ni de reina, sino sólo el de “sierva”.

 

3. María precede, acompaña y envuelve toda la vida de Jesús. Concibió a Jesús en Nazaret de Galilea. Ése fue el momento de su vocación. Ella lo dio a luz en Belén de Judá y lo acompañó a Jerusalén. Compartió su vida en Nazaret, cerca de José. En Caná, María sugirió a Jesús el primer milagro, que provocó la fe de los discípulos. Permaneció con Jesús en Cafarnaúm, y estaba en Nazaret cuando sus compatriotas querían despeñarlo. Estuvo presente en Jerusalén durante la pascua de la Pasión y la encontramos al pie de la cruz, y cuarenta días después, en el cenáculo, donde nació la Iglesia.

Ella participó en la efusión del Espíritu Santo, un segundo Pentecostés para ella, ya que había recibido el Espíritu Santo en la anunciación. San Lucas la incluye “con todos los demás” en la primera glosolalia (don de lenguas) de Pentecostés y era asidua a la fracción del pan en la comunión de la primitiva comunidad.

Este perfil humano de María, Madre del Señor, que nos muestra el Nuevo Testamento debe llevar a toda madre de familia a una aplicación práctica en su vida siguiendo el modelo de María. ¡Que a ninguna Madre le falte el amor para sus hijos, y que a ningún hijo le falte el amor a su madre!.

 

4. María es, por otro lado, el personaje del Nuevo Testamento que recibe el mayor elogio de toda la historia de la humanidad. Recibe de Dios mismo un apelativo de gracia: “Has hallado gracia ante Dios”. Es por antonomasia la persona de ese amor gratuito de Dios.

Ella es “bendita entre las mujeres”; de allí la frase “Bienaventurada tú que has creído; porque se cumplirán las palabras que se te han anunciado de parte del Señor”, elogio inspirado por el Espíritu Santo. Dios “puso sus ojos” en ella, por eso “todas las generaciones la llaman bienaventurada”. San Lucas la presenta como nueva Arca de la Alianza, es decir, lugar privilegiado de la presencia de Dios. En la perspectiva bíblica del profeta Isaías, María es la personificación de Israel, es Madre del pueblo nuevo, al mismo tiempo que Madre del Mesías.

 

5. Jesús, cada vez que se dirige a su Madre, la llama extrañamente “mujer”, pero es en referencia a Eva, la mujer de la primera creación. María es la nueva Eva, la de la nueva Creación. Esta grandeza dada a María no la opone a las demás mujeres, sino que por el contrario, hace que se aproxime a ellas. María en Caná (2,1-12) y la samaritana, primera evangelista de los samaritanos (4,31), provocan las primeras adhesiones de fe. Las hermanas de Lázaro obtienen de Jesús la resurrección de su hermano, anticipando la del Salvador. María Magdalena es la primera que aparece en la tumba vacía (20,1-3) y la primera en ver a Jesús resucitado (20, 11-18), antes que los apóstoles, y se le pide que anuncie su resurrección. Esto nos muestra el rol de la mujer en sembrar la fe en el corazón de su hogar, entre sus hijos, en la sociedad.

 

6. María es madre de Cristo, el “Hijo del Altísimo”, el “Hijo de Dios”, el “Salvador”, “Pastor y Señor”. Es Madre de Dios, que hace referencia a una relación de madre con Dios en persona. Ella engendra a Jesús en su humanidad, pero la maternidad, como la paternidad, se refiere a la persona. No se dice que una mujer es madre tan sólo del cuerpo de su hijo o que un hombre sólo es el que fecunda. Son padre y madre de la persona de su propio hijo. Así, María es Madre de la persona divina y preexistente del Hijo de Dios, hecho hombre. Aquí está una de sus grandezas. La gloria de María consiste en haber dado libremente una existencia humana al Hijo de Dios, haberlo introducido en el pueblo elegido, en la familia humana, en la historia de los hombres. Por eso María es madre de Dios y nuestra madre.

 

7. María es Virgen. “Jesucristo no fue engendrado de sangre ni de voluntad humana, ni de voluntad de varón”. En el Nuevo Testamento, Jesús nunca se refirió formalmente a otro padre sino sólo a Dios.

 

8. María es Santa porque la fuente misma de esta santidad es la gracia de Dios, manifestada en la obediencia libre y reflexiva. Por eso María es modelo de los creyentes, porque “retenía en su corazón todos los hechos” salvíficos. En María descendió el Espíritu Santo antes de Pentecostés y por eso ella está comprometida en la salvación mesiánica por la Fe. El compromiso se inició con su consentimiento libre e incondicional, receptivo y activo, que perseveró hasta el final, es decir, hasta el Calvario y Pentecostés.

Esta madre atestigua que Jesús es también hombre, nacido corporalmente, de estirpe humana, en la debilidad y en la pobreza que San Lucas destaca con la mención insistente del pesebre y el envolvimiento en pañales.

 

9. La Iglesia ama filialmente a María. El Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854 señaló que María “fue preservada de toda mancha de pecado original” por efecto del amor procedente de Dios. Se trata de un don de pura gracia y la definición subraya que María fue rescatada de antemano “en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”. Posteriormente, el Papa Pío XII definió la Asunción de María el 1 de noviembre de 1950.

La definición dice: “Al término de su destino terrestre, la inmaculada Madre de Dios fue asunta, en cuerpo y alma, en la gloria celeste”. La palabra assumpta designa el hecho de que María fue tomada por Dios. Dios la tomó consigo. Por eso, María se encuentra ahora plenamente glorificada, con Cristo, en la comunión de los santos, donde ella está presente. Católicos y Ortodoxos reconocen la presencia de María en la Comunión de los Santos y han considerado a la Madre de Cristo como si de su propia madre se tratara, entregada por Jesús en la cruz cuando dijo al discípulo: “He ahí a tu madre”.

 

10. ¡Aquí está nuestra Madre, Puerta del cielo, puerta para Jesús, puerta para Dios, puerta para nuestra Salvación! A ella, gloria y bendición. Lancémosle una mirada, como dice San Bernardo, a la estrella del Cielo, e invoquemos a la Madre de Dios en medio de los peligros, de las angustias, de las dudas. Pensemos en María. Pensar en ella e invocarla sean las dos cosas que no se aparten jamás ni de nuestros labios ni de nuestro corazón.

El Beato Juan Pablo II dijo que “María es aurora y la aurora anuncia indefectiblemente la llegada del sol”. Por eso, con gozo y alegría participamos de la Eucaristía, de la presencia del Señor en medio de nosotros, porque Él es el Sol de justicia, príncipe de la paz y Señor de Señores. Principio y fin de todas las cosas ante quien se doble toda rodilla, en el cielo, en la tierra y en los abismos al nombre del Señor Jesús: ¡Viva Cristo!¡Viva la Inmaculada Virgen de la Puerta!

 

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