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La paz que el mundo necesita

monsenor cabrejosMons. Miguel Cabrejos Vidarte - Arzobispo de Trujillo

El mundo escucha amenazas de guerra entre dos naciones. Tampoco cesan las noticias de atentados, enfrentamientos y otras formas de violencia, que muestran la tentación humana de usar la violencia para imponer posturas e intereses particulares. El fratricidio contra el justo Abel se considera todavía un camino para el logro de objetivos.

Sin embargo, la historia presenta los efectos devastadores de la violencia y la guerra: muerte, destrucción, mutilación, huérfanos, familias divididas, hambre y pobreza, pérdida de autoestima, traumas y odios. La violencia solo genera más violencia.

La paz es un valor y un deber universal, medio eficaz que conduce al bien de las personas y al desarrollo de los pueblos. Es responsabilidad de todos trabajar para conseguirla y nos obliga sin distinción de razas y credos; es necesario promoverla y defenderla.

En la revelación bíblica, la paz es la plenitud de la vida; es el efecto de la bendición de Dios (Nm 6,26), es el bien mesiánico por excelencia que engloba todos los bienes salvíficos. Por eso, el reino del Mesías, será un reino de paz.

Jesucristo en la vigilia de su muerte nos deja como testamento el don de su paz: “la paz les dejo, les doy mi paz, no como la da el mundo” (Jn 14,27). El Resucitado saluda con la paz, fruto y signo del encuentro con El, desde donde el discípulo se convierte en testigo y artífice de paz, partícipe del Reino de Dios y objeto de la bienaventuranza para “los que trabajan por la paz” (Mt 5,9).

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que, para prevenir conflictos y violencias, es necesario que la paz comience a vivirse en el interior de cada persona, así se extenderá a las familias y a las diversas formas sociales, hasta alcanzar a la comunidad política (2317). La paz florecerá cuando cada uno reconozca su responsabilidad para promoverla. También el Papa Francisco invitó a ser “custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente”, para despertar nuestra responsabilidad en el bien del prójimo y de la naturaleza; y dijo que custodiar quiere decir “vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen”. Sin esta vigilancia, no se podrá construir una paz duradera.

En el Concilio Vaticano II, la paz no es mera ausencia de guerra, ni se reduce al equilibrio de las fuerzas adversarias, sino que es obra de la justicia y fruto de la caridad (cf. GS 78). Por tanto, trabajar por la paz exige un esfuerzo continuo en la justicia y la caridad.

La paz se convierte en don que debemos suplicar permanentemente a Dios y en tarea que debemos desarrollar en la cotidianeidad de nuestras vidas. (Publicado en Mar Adentro, julio 2013)

 


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