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“Ahora” es el momento en que el agua se convierte en “buen vino”

Reflexión del Santo Evangelio, según  San Juan 2,1-11.

Pbro. Adolfo Guevara Zagaceta.
Colaborador.

Las lecturas que nos presenta la Liturgia de este II Dom. del Tiempo Ordinario, asocia las bodas de Caná con el Bautismo y con la Epifanía. El agua de las tinajas, convertida en "vino delicioso” es signo del bautismo en el Espíritu y manifestación del Señor que ofrece a todos su salvación. Hay también en ella una clara alusión a la Eucaristía, en la que se cumple la hora de la nueva alianza, con el don del Espíritu. Este pasaje nos hace ver “dónde habitan” el Señor y su gloria: en la alegría y en el amor.

La escena presenta a Jesús que abastece generosamente un “exquisito vino” en una fiesta nupcial que se marchita y corre el riesgo de tener un final triste por la falta de vino. El principio de los signos alude explícitamente a la finalidad misma del Evangelio, cuando llega la hora en la que el Señor revela su gloria amándonos hasta el extremo, dándonos su Espíritu, y convirtiéndose Él mismo en manantial de agua y sangre. La cruz es el escenario propio donde se celebran las bodas entre Dios y la humanidad. La unión esponsal es en la Biblia el símbolo más elevado de la alianza entre Dios y su pueblo. Ella establece entre los dos una relación de interés y cuidado, de complicidad y pertenencia, con sentimientos de confianza y compañía, de ternura y unión, que hacen bella la vida.

El pasaje habla de nupcias, de vino que escasea, de sirvientes, de tinajas de piedra, de agua y de exquisito vino, reservado hasta ese momento. Si las bodas representan la alianza entre Dios y el pueblo, el vino que llega a faltar significa el amor del hombre que viene a menos. El agua, elemento primordial de la creación, se convierte en "vino exquisito” servido al final, pero que “ahora” ya podemos disfrutar de él.

En Caná de Galilea había una boda y la Madre de Jesús estaba allí. Gracias a su materna solicitud, la fiesta de las bodas, en lugar de echarse a perder, cobra vida. La madre de Jesús, bajo el nombre “mujer”, aparece aquí en las bodas y luego al pie de la cruz, cuando llega la hora en que el amor del Señor por nosotros alcanza su máximo expresión.

También Jesús con sus discípulos habían sido invitados. Convidar al Señor a nuestra fiesta es importante, pues de otra forma, se siente la ausencia de aquel que de invitado se convierte, delicada y discretamente, en anfitrión, que nos provee su "excelente vino”.
Faltó el vino. Si el aceite y el pan son indispensables para vivir, el vino, que alegra el corazón del hombre es aquello superfluo y a la vez necesario para llevar una vida feliz. El vino es imagen del amor entre esposo y esposa, entre Creador y creatura, en el que la creación alcanza su plenitud y el hombre alcanza a Dios mismo, que es embriaguez de amor. Al faltar este vino, el hombre pierde su identidad, su semejanza con Dios.

Su madre dijo a los sirvientes. Hagan lo que Él les diga. La madre y los sirvientes representan al pueblo que está dispuesto a mantener la alianza y dice: “Haremos todo lo que ha dicho Yahvé” (Ex 19, 8; 24, 7); Jesús proveerá a todos el vino, toda vez que Él es el Hijo, de quien el Padre ha dicho: "Escúchenlo” (Mc 9, 7), porque “lo ha glorificado y de nuevo lo glorificará”. Jesús es la Palabra: si lo escuchamos, el agua de nuestra humanidad se convertirá en el vino de su divinidad.

Llenen las tinajas de agua. Las tinajas, ahora lo sabemos, estaban vacías. Vacía como la espera que no ha encontrado al esperado, como el mandamiento del amor que no ha sido cumplido, como la alianza rota por el pecado, como la esposa sin su esposo. Aquellas tinajas están desprovistas de aquello para lo que fueron hechas: están vacías, sin agua, elemento primordial de la vida. Dios asume y reconoce el valor de cuanto pertenece al hombre y a su historia: la salvación que ofrece es salvación de “lo humano”. ¡Ay del hombre que renuncia al ansia de amor y de alegría para los que ha sido creado! Se convierte en un recipiente vacío.

El agua convertida en vino. Son las disposiciones requeridas para que todo lo que es humano se convierta en "excelente vino”: por sobre todo, reconocer, con la “madre” que no queda vino, escuchar luego la respuesta de Jesús a la "mujer”, cuando dice que con Él ha llegado la hora del cumplimiento de la promesa, y finalmente "hacer cuanto Él les diga”, llenando las tinajas de agua y sacando "ahora”.

Este es el principio de los signos que hizo Jesús. Todos los demás brotan como un arroyo de esta fuente: Jesús restablece la alianza y, por fin, el hombre puede disfrutar, gracias a Él, el “vino exquisito”. En Caná comienza el “día” del Mesías, que se va revelando gradualmente hasta la resurrección de Lázaro; en Caná se cumple la promesa hecha al discípulo de que había de ver “cosas mayores” de todo cuanto había podido imaginar: los discípulos ven la gloria del Hijo del hombre, gloria del Unigénito del Padre, de la que sacamos ahora, en plenitud, gracia sobre gracia.

Sus discípulos creyeron en Él. Todos los signos están al servicio de la adhesión a Jesús, manantial de vida. La fe en Él es el objetivo de toda la obra de Dios.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

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