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Dios es un Dios de vivos y no de muertos

Reflexión del Santo Evangelio, según San Lucas 20,27-38

(Por: Diác. Carlos Campos).- El Evangelio de hoy corresponde al bloque dedicado al ministerio de Jesús en Jerusalén, después de la entrada triunfal y expulsión de los vendedores del templo. Se recogen las grandes preguntas que se le plantearon: sobre el más allá, sobre el tributo al César, sobre la autoridad de Jesús para actuar como actúa, sobre la identidad de Jesús. La lectura de hoy trata el problema de la resurrección de los muertos.

Jesús hace una clara afirmación de la resurrección y de la vida eterna. Los saduceos ponían en duda, o peor todavía, ridiculizaban la creencia en la vida eterna después de la muerte, que —en cambio— era defendida por los fariseos y lo es también por nosotros.

Los Saduceos reciben su nombre del sacerdote, Sadoc (2 Samuel 15,24ss). Son miembros y partidarios de la familia de altos sacerdotes. Suelen ser ricos y estar bien conectados políticamente. Aceptan solamente el Tora asignando un puesto más bajo a las Escrituras de los Profetas y negándose a la tradición oral por completo. Niegan la idea de la Resurrección, porque no se encuentra en el Tora.

Los Fariseos son más religiosos y menos políticos. Aceptan la autoridad de ambos el Tora y los Profetas, y dependen mucho en la tradición oral para comprender las Escrituras. Creen en la Resurrección, un concepto no desarrollado completamente en el AT y no mencionado en el Tora.

También debemos anotar la diferencia entre los dos conceptos; el de la resurrección y la inmortalidad. Mientras que cristianos de hoy a menudo confunden estas dos ideas, la idea de la Resurrección está centrada en la acción de Dios y tiene sus raíces en la tradición cristiana. La inmortalidad encuentra su definición más completa en filosofía griega, aunque haya mención de ella en las escrituras. La inmortalidad se basa en una doctrina de la naturaleza humana; la resurrección se basa en una doctrina de la naturaleza de Dios.

Los Saduceos llaman a Jesús Maestro, pero solo para prepararle – preguntando algo diseñado para confundirle – intentando avergonzar a Jesús – menospreciar su autoridad como maestro – y para demostrar que no puede haber resurrección. Invitan a Jesús a entrar en el territorio donde no puede ganar entre los Saduceos que no creen en la Resurrección y los Fariseos que sí creen en ella. Si Él dice que los siete hermanos serán los esposos de la mujer, enajenará a todos. La gente se puede imaginar a un hombre con siete esposas, pero no a una mujer con siete esposos.

Jesús llama la atención al hecho de que la pregunta hecha por los Saduceos considera la Resurrección como una extensión de la vida tal como la conocemos. La vida en la Resurrección no es simplemente una resucitación del ser, continuada por la vida previamente vivida con todas sus relaciones intactas y continuas.

Es natural que hagamos preguntas sobre la vida de la resurrección, pero no debemos esperar comprenderla completamente mientras estamos vivos.

Dios no es Dios de muertos sino de vivos: Jesús ha respondido a uno de los interrogantes más preocupantes de la humanidad: el enigma de la muerte. ¿Qué le espera al hombre más allá de la muerte? ¿Existe otra vida? El relato evangélico nos ha conservado la narración de algunas resurrecciones efectuadas por Jesús como “signos” o primicias de esta respuesta definitiva: la Resurrección del joven hijo único de la viuda de Naím (Lc 7,11ss); la Resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,21ss); y la Resurrección de Lázaro (Jn 11). Son solamente signos indicativos de una verdad y una realidad mucho más amplia: la indicación y comprobación de que Jesús tiene poder sobre la muerte. Quedará totalmente respondida la cuestión con la propia Resurrección de Jesús. Se trata de una Resurrección escatológica, trascendente y universal: en la resurrección de este hombre llamado Jesús, todos los hombres son llamados a la Resurrección y a la vida. Él mismo es la Resurrección y la Vida (Jn 11,23-27).


Publicación arquidiocesana

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