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Biografía Su Santidad Juan XXIII

ESTAMPA JUAN XXIIIJuan XXIII nació en Sotto il Monte, en la provincia de Bérgamo, el 25 de noviembre de 1881, primer hijo varón de Marianna Mazzola y de Giovanni Battista Roncalli. El 7 de noviembre de 1892 ingresó en el Seminario de Bérgamo. Habiendo concluido satisfactoriamente en julio de 1900 el segundo año de teología, el enero sucesivo fue enviado a Roma al Seminario romano del Apolinar. A la edad de veintidós años, consiguió el doctorado en teología.

El 10 de agosto de 1904 fue ordenado sacerdote en la iglesia de Santa María di Monte Santo. En el mes de octubre, inició en Roma los estudios de derecho canónico, interrumpidos en febrero de 1905, cuando fue elegido secretario del nuevo Obispo de Bérgamo Mons. Giacomo Radini Tedeschi. Fueron casi diez años de intenso trabajo junto a un obispo muy dinámico y rico de iniciativas.

Desde el 1906 enseñó en el seminario: historia eclesiástica, patrología, apologética y teología fundamental. El estudio de la historia le permitió la elaboración de algunas investigaciones de historia local, como las Actas de la Visita Apostólica de San Carlos a Bérgamo (1575), una fatiga que duró decenios y concluyó en la vigilia de la elección al Pontificado. Fue director del periódico “La Vida Diocesana” y, asistente de la Unión Mujeres Católicas.

escudo juan xxiiiLa prematura desaparición de Mons. Radini en el 1914 puso fin a una experiencia pastoral excepcional que, a pesar de algún sufrimiento como la infundada acusación dirigida a él de modernismo, el futuro Juan XXIII consideró siempre punto de referencia fundamental para el cumplimiento de los encargos a los cuales fue llamado.

El estallido de la guerra en 1915 lo llevó a ocuparse por más de tres años como capellán en la asistencia de los heridos en los hospitales militares de Bérgamo, llegando a actos de auténtico heroísmo. En julio de 1918 aceptó generosamente prestar servicio a los soldados con tuberculosis. Inesperadamente llegó en diciembre de 1920 la invitación del Papa a presidir la obra de Propagación de la Fe en Italia. Hizo un largo viaje al extranjero para la realización del proyecto de la Santa Sede con el objetivo de llevar a Roma varias instituciones para el sostenimiento a las misiones y visitó diversas diócesis italianas para recolectar fondos.

En 1925 con el nombramiento de Visitador Apostólico en Bulgaria, inició el periodo diplomático al servicio de la Santa Sede, que se prolongó hasta 1952. Después de la ordenación episcopal realizada en Roma el 19 de marzo de 1925, partió para Bulgaria con la misión de proveer a las grandes necesidades de la pequeña y destrozada comunidad católica.

El encargo se transformó en una permanencia de diez años, durante la cual Roncalli puso las bases para la fundación de una Delegación Apostólica, y fue nombrado su primer representante en 1931. Llegó a reorganizar la Iglesia católica, instaurar relaciones amigables con el Gobierno y la Casa Real búlgara, y a empezar los primeros contactos ecuménicos con la Iglesia Ortodoxa búlgara.

El 27 de noviembre de 1934 fue nombrado Delegado Apostólico en Turquía y en Grecia, países con ausencia de relaciones diplomáticas con el Vaticano. Las relaciones con el gobierno turco mejoraron por la comprensión y la disponibilidad mostradas por el Delegado al aceptar medidas inspiradas por la política de laicización perseguidas por aquel gobierno. Con tacto y habilidad, organizó algunos encuentros oficiales con el Patriarca de Constantinopla, los primeros después de siglos de separación con la Iglesia Católica.

Durante la Segunda Guerra Mundial conservó una prudente actitud de neutralidad, que le permitió desarrollar una eficaz acción de asistencia a favor de los judíos, salvando a muchos del exterminio, y a favor de la población griega, acabada por el hambre.

Inesperadamente, por decisión personal de Pio XII, fue promovido a la prestigiosa Nunciatura de París, donde llegó el 30 de diciembre de 1944. El gobierno provisional pedía la destitución de más de treinta obispos acusados de colaborar con el gobierno de Vichy. La calma y la habilidad del nuevo Nuncio pudo limitar a sólo tres el número de obispos destituidos. Sus dotes huma-nas le alcanzaron la estima del ambiente diplomático y político parisino, donde instauró relaciones de cordial amistad con algunos máximos exponentes del gobierno francés.

Aceptó prontamente la propuesta de transferencia a la sede de Venecia, a donde llegó el 5 de marzo de 1953, recientemente nombrado cardenal en el último Consistorio de Pio XII. Su episcopado se caracterizó por el escrupuloso empeño con el cual cumplió los principales deberes de Obispo, la visita pastoral y la celebración del Sínodo diocesano.

El 28 de octubre de 1958, la elección del Cardenal Roncalli como Sucesor de Pio XII inducía a pensar en un Pontificado de transición. Desde el inicio, Juan XXIII reveló un estilo que reflejaba su personalidad humana y sacerdotal madurada a través de una significativa serie de experiencias. Además de reinstaurar el regular funcionamiento de los organismos curiales, se preocupó de darle un espíritu pastoral a su ministerio, subrayando la naturaleza episcopal en cuanto Obispo de Roma. Multiplicó los contactos con los fieles mediante visitas a las parroquias, hospitales y cárceles. Mediante la convocación al Sínodo diocesano, quiso asegurar el regular funcionamiento de las instituciones diocesanas mediante el reforzamiento del Vicariato y la normalización de la vida parroquial.

Su más grande contribución está representada por el Concilio Vaticano II, el cual se anunció en la basílica de San Pablo el 25 de abril de 1959. Una decisión personal, tomada por el Papa después de consultar con algunas personas íntimas y con el Secretario de Estado, Cardenal Tardini. Las finalidades asignadas, elaboradas de forma completa en el discurso de apertura del 11 de octubre de 1962, eran originales: no se trataba de definir nuevas verdades, sino de volver a exponer la doctrina tradicional en modo más adaptado a la sensibilidad moderna.
Juan XXIII invitaba a privilegiar la misericordia y el diálogo con el mundo, en lugar de la condena y la contra-posición en una renovada conciencia de la misión eclesial que abrazaba a todos los hombres. En esta aper-tura universal no podían excluirse las diversas confe-siones cristianas, invitadas también ellas a participar del Concilio para dar inicio a un camino de acercamiento. Juan XXIII deseaba un Concilio verdaderamente deliberante, del cual respetó las decisiones después de que todas las voces tuvieron la posibilidad de expresarse y confrontarse.

En la primavera de 1963 fue condecorado con el Premio “Balza” por la paz como testimonio de su empeño a favor de la paz con la publicación de las Encíclicas Mater et Magistra (1961) y Pacem in terris (1963) y de su decisiva intervención en ocasión de las graves crisis de Cuba en otoño del 1962. El prestigio y la admiración universal se pudieron admirar plenamente en ocasión de las últimas semanas de su vida, cuando todo el mundo se encontró ansioso alrededor de la cabecera del Papa moribundo y acogió con profundo dolor la noticia sobre su desaparición la tarde del 3 de junio del 1963.

Tomado de www.vatican.va
Traducción: P. Marco Dávila M.


Publicación arquidiocesana

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