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ESPECIAL SEMANA SANTA - Sétima Palabra

crucesSétima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Por: P. Ronald La Barrera)  Jesús se dirige al Padre con confianza y con amor: “Padre en tus manos encomiendo tu espíritu”. No es el clamor de un fracasado o de un derrotado. Su palabra de despedida es un grito de victoria. Es la certeza de su glorificación que ha comenzado ya. Porque era la hora de la que había dicho: “ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él” (Jn 13,31).

Él sabía que vencía. El Padre tenía con él un plan salvador para el hombre, pecador sí, pero que seguía siendo su criatura predilecta. Jesús ha cumplido su parte a cabalidad. Por eso el Padre lo ensalzó, le puso un nombre sobre todo nombre.

Cristo pudo encomendar al Padre su espíritu porque había cumplido su palabra. Sólo Cristo ha sido capaz de saldar la deuda de nuestros pecados ofreciendo una compensación que igualase la falta que el pecado supone.

Pero Jesús al morir seguía siendo el Hijo de Dios. Y aquella obediencia de un hombre que también era Dios tenía un valor infinito, divino. Muriendo en la cruz por nuestros pecados, Jesús daba al Padre la mejor manifestación que puede pensarse de su dignidad y del respeto que merece: Lo glorificaba de una forma que no puede ni siquiera pensarse como más grande. “Si por el delito de uno solo murieron todos, ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo se han desbordado sobre nosotros! Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Ro 5,15.20).

Con aquella muerte de Jesús quedaban definitivamente saldados los pecados de la humanidad entera, a la que Dios tanto quería y quiere, a la que creó a su imagen y semejanza y le dio el dominio de todo el universo, con la que quería compartir su propia vida, haciéndolos sus hijos; porque “no sólo nos llamamos, sino que somos hijos de Dios” (Ro 8; 1Jn).

Con aquella muerte el amor de Dios se hacía patente y se demostraba también su omnipotencia; porque si grande es la omnipotencia de Dios, mayor es su misericordia. Aquella muerte iba a romper todos los obstáculos para que el amor infinito de Dios inundase la humanidad. De ese mismo amor del Padre vive el Hijo. Porque todo lo que tiene el Hijo es común con el Padre, sobre todo el amor que nos tiene. El amor ha cumplido, porque no hay mayor amor que el que da la vida por el amigo, el amor ha llegado a todos los hombres, el amor puede cambiar el mundo, puede cambiar los corazones de piedra. Su obra en este mundo ha terminado. Un hombre ha dado a Dios la gloria que se merece, un hombre ha podido compensar a Dios con su obediencia la gloria que le negaron tantas desobediencias.

Dios puede estar contento de haber creado al hombre y haberlo creado para su gloria, porque un hombre, Jesús, se la está dando. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Un grito de victoria, una mirada que llega hasta los últimos límites del espacio y del tiempo y alcanza el corazón de todos, y una mirada al Cielo, al Padre, y “entregó su espíritu”. La cabeza se inclina y el rostro mira hacia los hombres.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. “Tanto amo Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito”. Haciendo la voluntad del Padre, Jesús ha abierto para el hombre las puertas de su misericordia. Se ha realizado lo que el Padre pidió. “La prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. Justificados ahora por su sangre, con cuánta más razón seremos ahora salvos por él,” (Ro 5,9s).

Al entregar al Padre su espíritu, le ha entregado todo lo que llevó siempre dentro. Y el primer lugar (y de esto no cabe la menor duda) somos los hombres y su liberación del pecado lo que está en primer lugar. Por eso acudamos a Cristo crucificado. Miremos al traspasado. Mirémoslo confiados en su misericordia.

“Acerquémonos confiadamente a ese trono de gracia para alcanzar misericordia y hallar la gracia que necesitamos” (v. Hb 4,16), porque con su obediencia se ha hecho causa de nuestra salvación (v. Hb 5,8s). Sea la misericordia de Dios el eje de nuestra oración y de nuestra piedad. Porque si Dios permitió que cayéramos en desobediencia y pecado, fue para que tuviéramos experiencia de su misericordia (v. Ro 11,32). Porque “Dios ama la justicia y el derecho, pero su misericordia llena la tierra” (S. 33,5).

Miremos y entremos. Porque no basta con mirar. Es necesario entrar y seguir. Como María hasta la cruz y luego hasta el sepulcro y luego acompañando a la Iglesia con su oración en el Cenáculo y hasta el final de su vida. Y el que le sigue debe cargar su cruz. No nos lamentemos tanto de nuestras cruces. Ni, mucho menos, echemos la culpa a Dios y le acusemos de que no las merecemos. ¿La cruz es sólo para Cristo? ¿Qué clase de fe es ésa? Debemos completar en nuestros cuerpos lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24).

Afrontemos la cruz de la corrección de nuestros propios pecados, las consecuencias molestas de nuestros propios pecados y defectos humanos, del esfuerzo necesario para evitar el pecado y practicar la virtud, muy en especial la caridad. No olvidemos que “por lo demás sabemos (es decir es obvio, es un principio general) que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio” (Ro 8,28).

Antes o después todos hemos de comparecer ante el tribunal de Dios. Estamos llamados a morir como Jesús y todos podemos llegar a ser capaces de dar ese grito: “¡Padre!”, llamándole así, Padre, con cariño, con amor, con confianza, en tus manos encomiendo mi espíritu. Entrega, pues, tu espíritu al Señor ya, renueva tu entrega cada día, ante cada cruz. Y no te parezca tarde, ni te parezca pronto. Que el último de los trabajadores de la viña recibió el salario de los primeros y el buen ladrón alcanzó ese mismo día el Paraíso. Porque “si el malvado se convierte, vivirá; pero si el justo se aparta de su justicia, morirá” (v. Ez 18,21.24).

¡Ojalá todos muramos como Cristo! ¡Ojalá podamos decir: para mí la vida es Cristo y Cristo crucificado! Cuyo manjar fue hacer la voluntad del Padre. Procuremos hacerlo así y pidamos la gracia para ello. Entonces tendremos la fuerza que tuvo Jesús para afrontar su pasión sin una queja y en la hora de la muerte podamos con confianza orar al Padre amado: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

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