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ESPECIAL SEMANA SANTA - Quinta Palabra

tengo sedQuinta Palabra: “Tengo sed”   (Por: Dr. Javier Caro Infantas)  El Evangelio del Apóstol San Juan (Jn 19,28) nos dice: Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “TENGO SED”. Había allí un botijo lleno de vinagre. Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la llevaron a la boca.

El Evangelista, coloca expresamente, “para que se cumpliera la escritura”, y es que  el Salmo 21/22,16 nos dice: “Seco está como un tejón mi paladar, mi lengua está pegada a la fauces, y me han echado el polvo de la muerte” y también  el Salmo 68/69, 22 nos dice: “Y en mi sed me dieron de beber vinagre”.

Desde su nacimiento, en su vida y hasta su muerte, Cristo siempre cumplió la Escritura. Nada ocurre por casualidad ni coincidencia sino por “Plan Divino”. Las palabras de Jesús con relación a su ‘sed’ desde la cruz fueron también cumplimiento de la profecía hecha respecto a su persona.

Esta quinta palabra es más humilde y lastimosa todavía; es el grito de la penuria física. Ahora ya no hay más que el grito del suplicio de la sed. Es el gemido extremo, arrancado a Jesús por el dolor físico tomando palabras de un texto mesiánico.

En el grito de la sed del Señor vemos un cuerpo que se ha desangrado gota a gota durante la flagelación y en las horas clavado al madero.

Es una sed verdadera, física, material; la lengua como piedra seca y la garganta como un camino polvoriento. Es la palabra más radicalmente humana. Es la prueba definitiva de que está muriendo una muerte verdadera, de que en la cruz hay un hombre.

Momentos antes, camino al calvario, Jesús había renunciado a la bebida adormecedora que por disposición legal se daba a los ajusticiados en cruz. (Vino mezclado con mirra). Jesús rehusó tal bebida para que su naturaleza física reaccionara con todo lo horrible del dolor de los crucificados, sin mitigación de ninguna clase.

¿Para qué? ¿Para que se cumpla en su cuerpo el máximo dolor, ya que sufre por tantísimos pecados? Sí, pero también para que tú y yo podamos sentir más hondamente lo mucho que nos ama. Si hubiese aceptado la mirra, diríamos: "Cuando se está adormecido no se sufre mucho"; pero Jesús sufrió hasta el máximo los padecimientos físicos para hacernos comprender y apreciar su gran amor por nosotros; para maravillar más a los hombres y a su creación.

Nuevamente Dios nos muestra su gran amor: Nuestro Creador que se anonadó al hacerse hombre, que siendo Dios se encarnó en la Virgen  María, nuestra madre, que nació en un pesebre; todo eso:   para ofrecernos la Salvación, la Redención, nuestra liberación; ahora estaba en la Cruz suplicando TENGO SED.

Detrás de ese sentido literal y real que hemos descrito, hay también un sentido figurado, un sentido alegórico. Nuestro Señor Jesucristo, nos está diciendo algo más sublime todavía.

En su sed, Cristo moribundo busca, también, otra bebida muy distinta del agua o del vinagre: como cuando en el pozo de Sicar pidió a la samaritana: "Dame de beber". La sed física, entonces, fue símbolo y tránsito hacia otra sed: la de la conversión de aquella mujer. Ahora, en la cruz, Jesús tiene sed de una humanidad nueva, como la que deberá surgir de su sacrificio, para que se cumplan las Escrituras.

El diálogo entre Jesús y la samaritana, es hermoso. (Jn 4, 5-42). Es imposible expresar en una breve explicación la riqueza de esta página evangélica: es preciso leerla y meditarla personalmente, identificándose con aquella mujer que, un día como tantos otros, fue a sacar agua del pozo y allí se encontró a Jesús sentado, «cansado del camino», en medio del calor del mediodía. «Dame de beber», le dijo, dejándola muy sorprendida. En efecto, no era costumbre que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, por lo demás desconocida. Pero el asombro de la mujer estaba destinado a aumentar: Jesús le habló de un «agua viva» capaz de saciar la sed y de convertirse en ella en un «manantial de agua que salta hasta la vida eterna»; le demostró, además, que conocía su vida personal; le reveló que había llegado la hora de adorar al único Dios verdadero en espíritu y en verdad; y, por último, le aseguró —cosa muy rara— que era el Mesías.

Todo esto a partir de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed atraviesa todo el evangelio de San Juan: desde el encuentro con la samaritana, pasando por la gran profecía durante la fiesta de las Tiendas: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que crea en mí, ríos de agua viva correrán en su seno” (Jn 7, 37-38), hasta la cruz, cuando Jesús, antes de morir, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos.

Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor; como un padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es Él mismo.
En la Cruz Cristo grita: “Tengo sed” (Jn 19,28), revelando así una ardiente sed de amar y de ser amado por todos nosotros. Sólo cuando percibimos la profundidad y la intensidad de este misterio nos damos cuenta de la necesidad y la urgencia de que lo amemos “como” Él nos ha amado. Esto comporta también el compromiso, si fuera necesario, de dar la propia vida por los hermanos, apoyados por el amor que Él nos tiene.

Ya en el Antiguo Testamento Dios había dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18), pero la novedad de Cristo consiste en el hecho de que amar como Él nos ha amado significa amar a todos, sin distinción, incluso a los enemigos, “hasta el extremo” (Jn 13,1).

La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.

El mundo actual tenemos muchos ejemplos de este clamor: Me limito a citar a la Madre Teresa que, para corresponder con prontitud al grito de Cristo “Tengo sed”, grito que la había conmovido profundamente, comenzó a recoger a los moribundos de las calles de Calcuta, en la India. Desde entonces, el único deseo de su vida fue saciar la sed de amor de Jesús, no de palabra, sino con obras concretas, reconociendo su rostro desfigurado, sediento de amor, en el rostro de los más pobres entre los pobres. La Beata Teresa puso en práctica la enseñanza del Señor: “Cada vez que lo hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Y el mensaje de esta humilde testigo del amor se ha difundido por el mundo entero.

Saciaremos la sed de Cristo si nosotros respondemos como la samaritana. Saciaremos la sed de Cristo si nosotros en primer lugar, arrepentidos de nuestros pecados, nos acercamos a su Corazón para beber de él. Lo ha dejado abierto tras la lanzada. Saciaremos la sed de Cristo si somos sensibles a su amor y le buscamos amadores. “Hemos creído en el amor”. Saciaremos la sed de Cristo confiando siempre en él.

Si somos capaces de demostrarlo sufriendo algo por él. Si somos capaces de colaborar con él sembrando o recogiendo. Si somos capaces de hacer lo que hizo aquella mujer recién convertida, manifestando a todos lo que había hecho con ella. Porque es que, además, lo mismo que a Jesús, nos pasa a nosotros. Apagaremos nuestra sed y nuestra hambre si llevamos a otros el agua y el pan de la vida.

Jesús, desde hace más de veinte siglos, nos viene  diciendo “TENGO SED”.

TENGO SED, de ustedes. TENGO SED, de justicia, de paz, de amor.TENGO SED, de vuestra fe, que la defiendan, no solo con palabras sino también con obras. TENGO SED, que sean mis auténticos testigos, que no me nieguen, que busquen la verdad, la belleza de la creación de Dios. TENGO SED, de defensa de la vida. TENGO SED, de recrear nuestros valores, de ser tolerantes, pero en la verdad. TENGO SED, de que abran un poco su corazón, porque allí estaré siempre acompañándolos hasta el fin de la existencia. TENGO SED, de saciar vuestra sed eternamente. AMÉN.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

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