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ESPECIAL SEMANA SANTA - Cuarta Palabra

padre perdonales

Cuarta Palabra: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Por: P. Ricardo Angulo Bazauri) Al narrar la muerte de Jesús, el Evangelio de San Mateo quiere explicar también su sentido. Por eso nos dice:  “Desde el mediodía toda la región se cubrió de tinieblas hasta las tres de la tarde.

 

A esa hora Jesús gritó con fuerte voz: “Elí, Elí. ¿lemá sabaktani?, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Además, “algunos de los que estaban allí al oírlo decían: está llamando a Elías”

Grita en la hora de las tinieblas: durante la Pasión de Cristo aparece nítida la fuerza del espíritu del mal, que es el príncipe de las tinieblas, que obnubila no sólo al pueblo judío, sino a toda la tierra, como lo había anunciado el profeta Isaías: “Levántate y resplandece, Jerusalén, que llega tu luz: la gloria del Señor amanece sobre ti. Es verdad que la tierra está cubierta de tinieblas y los pueblos de oscuridad” (Is.60, 1.2).

Espíritu del mal que afecta el corazón del hombre a través del pecado y que impide ver la salvación de Dios. Es el hombre, marcado por las tinieblas que hostiga, persigue, mata a sus hermanos; en esta hora se atrevieron a perseguir y crucificar al mismo Hijo de Dios, quien para redimirnos había asumido nuestra naturaleza humana.

En esta hora, unidos siervos y esclavos, se levantan contra el Rey de los hombres y de los ángeles, y con una inaudita audacia lo maltratan como nadie lo hubiera imaginado y lo clavan en una Cruz. El mundo entero hoy se llena de horror por lo hecho a Jesús, pero es el hombre, nuestra humanidad caída en la oscuridad del pecado, quien comete este injusto y cruento crimen.

El grito de Jesús sobre el abandono de parte del Padre Dios genera inmediatamente diversas reacciones, diversas interpretaciones, tal como lo atestigua el Evangelio, unos corren para ofrecerle de beber vinagre, otros, se burlan diciendo “veamos si viene Elías a socorrerlo”.

También hoy, estamos invitados a reaccionar ante este grito, hoy también tenemos algo que decir ante esta sorprendente y escalofriante expresión de Nuestro Señor:

El que grita es el mismo Jesús, aquél del quien el Evangelio dice que era un hombre “lleno de gracia y de verdad” ( Jn. 1,14) y que en su vida proclamó:  “El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Jn, 8,29) y de Él dijo el Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt. 3,17)

Sabemos que la unión entre el Padre y el Hijo es inseparable y eterna, nos enseñó con fuerza así: “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10,30). Impresiona que en la cruz, cuando habla del abandono no habla del Padre que lo abandona; sino que parafrasea el salmo usando: Elí, Elí, Dios mío, Dios mío, no “Padre mío, Padre mío, por qué me has abandonado?”

El que habla crucificado no es meramente un hombre, sino el verdadero Hijo de Dios, Cristo el Señor. Así resalta la fuerza redentora del amor de Dios que, como dice la carta a los Romanos “no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Rom 8,32) y como reflexiona el apóstol Pedro cuando en su carta dice: “Pues también Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, el justo por los injustos” (1 Pe. 3,18).

Unión perfecta que fue quebrada para dar paso a la realización de la oblación del sacrificio de sangre para la redención del mundo, para permitir que el poder del hombre y del mal prevalezca temporalmente contra Cristo; ésta era la hora a la que se refería Cristo cuando dijo a los que venían a aprehenderlo: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. 22,53).

Así, podemos decir que Dios abandonó a su Hijo cuando permitió que sufriese tan crueles tormentos sin consuelo alguno, y Cristo manifestó este abandono gritando con voz fuerte, para que todos puedan conocer la inmensidad del precio de nuestra redención, pues hasta esa hora Él había soportado todos sus tormentos con paciencia y ecuanimidad que podría dar la impresión de estar libre de la capacidad de sentir y sufrir.

No se quejó de los judíos que lo acusaron, ni de Pilato que lo condenó, ni de los soldados que lo crucificaron. No gimió; no gritó; no dio ningún signo exterior de su sufrimiento; y ahora, a punto de morir, para que la humanidad pueda entender, y nosotros, sus siervos, podamos recordar una gracia tan inmensa, y el valor del precio de nuestra redención, quiso declarar públicamente el gran sufrimiento de su Pasión.

Por eso, estas palabras “Dios mío, por qué me has abandonado?”, no son palabras de alguien que acusa, o que reprocha, o que se queja, sino, palabras de Alguien que declara la inmensidad de su sufrimiento por la mejor de las causas, y en el más oportuno de los momentos, inmediatamente antes de entregar su espíritu al Padre.

Nuestro Señor quiso entonces beber el cáliz lleno y rebosante de su Pasión para enseñarnos a amar el cáliz amargo del arrepentimiento y el esfuerzo.

Hoy, tratamos de dedicar un momento a reflexionar en tus dolores Señor, pero Tú no vacilaste en permanecer colgado de la Cruz por nuestra Salvación, durante tres horas en la aterradora oscuridad, en el frío y la desnudez, sufriendo una incontenible sed y punzadas y dolores aún más amargos.

Pero surge la pregunta ¿Por qué Dios abandonó a su Hijo en medio de esta hora, en esta terrible prueba, en esta amarga angustia?, y junto a ésta aparecen ante nosotros la multitud de nuestros pecados, los que toda la humanidad ha cometido contra Dios, y que su Hijo asume para expiarlos en su propia carne, escribe San Pedro: “el mismo que llevó nuestros pecados en su Cuerpo sobre el árbol; a fin de que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos para la justicia; por cuyas heridas fuimos curados” (1Pe. 2,24).

Pecado que, no olvidemos, nos condenaba a la lejanía absoluta de Dios, al infierno, a la contradicción total al proyecto que Dios tuvo para todos y cada uno de nosotros. El profeta Isaías nos enseña cuán terrible e intolerable es la consecuencia de nuestros pecados, cuando pregunta: “ ¿Quién de ustedes puede habitar con el fuego devorador? ¿Quién de ustedes podrá habitar con llamas eternas?” (Is 33,14).  Y sólo nos queda dar gracias con todo el corazón a Dios, que consintió abandonar por un momento a su Único Hijo a los más grandes tormentos, para liberarnos de las llamas eternas.

Prevaleció para siempre la obediencia del Hijo, que tomó sobre sí el más penoso peregrinaje para recuperarnos, para volvernos a la joya preciosa, la posibilidad de retornar a la casa del Padre y volver a ser merecedores de la inmensa grandeza del Reino de los cielos. Él, el Hijo de Dios nos abrió con su inmensa fatiga y sufrimiento, a la vida de gracia y por eso la Iglesia canta agradecida, “Cuando venciste el aguijón de la muerte, abriste el reino de los cielos a los creyentes”.

Pero para conquistar el aguijón de la muerte fue necesario sostener un duro combate con la muerte, y para que el Hijo de Dios pudiera triunfar lo más gloriosamente posible en este combate, fue abandonado por su Padre.

Esto nos demuestra el inmenso amor que el Hijo de Dios tenía por su Padre. Pues en la redención del mundo y en la extirpación del pecado, Él se propuso hacer una satisfacción abundante y superabundante en honor de su Padre.

Por eso los invito a decir ante nuestro amado Señor:

Señor, Tu que brillas en las tinieblas, danos tu luz

Ayúdanos a entender tu grito solitario desde la cruz, que en la noche del pecado, en la hora de las tinieblas,  no sólo estoy lejos de ti, sino que realmente estoy sin Tí.

Ayuda a que todos entendamos que el estar sin ti, sin tu Padre y nuestro Padre, es la peor desgracia, nuestra peor desgracia.

Señor enséñanos a testimoniar en el mundo que “La vida es triste si Tú nos dejas, si tu nos dejas, solos sin luz”.

Hoy, postrados ante la grandeza de amor, te pedimos que nos des tu amor y tu luz, Tú que brillas en las tinieblas que oscurecen nuestros corazones, danos la luz de tu verdad, de tu amor, de tu perdón, que tomemos hoy ante ti la decisión de renunciar a las tinieblas, al pecado, a las tentaciones desenfrenadas, al egoísmo, a las supersticiones, renunciar a todo aquello que no nos permite verte y gozar de tu salvación.

Que contemplándote, pueda entender la maldad de las tinieblas, el sinsentido de permanecer en ella y el coraje para gritar confiados a Dios, tal como Tú lo hiciste, Dios mío, Dios mío, Padre mío, Señor mío y Dios mío.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

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