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ESPECIAL SEMANA SANTA - Tercera Palabra

maria-junto-a-la-cruzTercera Palabra:  “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre” (Por: P. Jaume Benaloy Marco) “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo a quien tanto amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.

 

1.  Una palabra, la tercera, junto a la cruz: llegó la Hora dramática.


No es Nazaret ni el lago de Galilea. No está Jesús en la sinagoga ni en la casa de su amigo  Lázaro. Fuera de Jerusalén, fuera de la ciudad, despreciado en el Gólgota, ha sido clavado en lo alto de una cruz. Es el momento más dramático de la vida de Jesús. Son los últimos suspiros. Apenas quedan fuerzas para respirar y Jesús, olvidándose de sí mismo, sigue preocupándose por los demás. Va a morir como vivió: amando y dándose a quien lo necesita. Aun sufriendo lo insufrible, sigue pendiente de los suyos. Desde la cruz contempla a su madre querida y a las demás mujeres, acompañadas del apóstol Juan. ¡Es la Hora! Jesús tiene que cumplir su misión. Para eso ha venido, pero antes de entregar su vida para que tengamos vida abundante y eterna, resuena una nueva palabra, la tercera: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre”

 
2.    Una palabra de Jesús para las mujeres valientes y su discípulo amado.


Sí, para las mujeres fieles y valientes. Ellas están en el corazón de Jesús, en el corazón de Dios. Sólo ellas, junto al apóstol Juan, han sido capaces de acompañar a Jesús hasta el final, hasta el calvario. Nada ni nadie han podido lograr que lo abandonen. ¿Dónde quedó Pedro, Santiago y los demás? Por el contrario, ellas son y serán por siempre las discípulas fieles de Jesús. A pesar del peligo, del dolor, de la incomprensión, de las burlas, siguen a Jesús, caminan tras las huellas de su Maestro y Señor, vaya donde vaya, incluso al calvario.


¡Enséñamos, Madre buena, a ser como tú fieles discípulos de tu Hijo! Aumenta nuestra fe en medio del dolor y de la prueba, y jamás permitas que nos alejemos de Él, que es “el camino, la verdad y la vida”.

 

3. Una palabra que se repite: ¡Serás madre!


Y allí en el lugar de la muerte, resuenan palabras de vida:”Mujer, hijo, madre”. ¿Hay acaso palabras que contengan más vida que éstas? Decir mujer es convocar a la vida. Ser madre es llegar a la plenitud femenina. Saberse hijo es reconocer con gratitud y honor a la madre que nos dio vida. “Mujer, hijo, madre”, palabras que en los labios de Jesús, el Señor de la Vida, llenan de vida el lugar de la muerte. ¡Tras el perdón de la primera palabra y la promesa de eternidad de la segunda, comenzó con la tercera la victoria sobre la muerte! La muerte no tendrá la última palabra. ¡Jesús es Vida, la Palabra de Vida que vence al pecado y a la muerte!  


A los pies de su Hijo Jesús, se ratifica y expande la misión maternal de María. La Madre de Dios se convierte ahora en Madre de su Iglesia. Ella es la elegida, la consagrada y enviada por el Padre eterno como Madre. Su misión es la misma en la anunciación y en el calvario: ¡Serás Madre, María!. Madre siempre y por siempre, Madre de Dios y de la Iglesia, representada en el calvario por Juan, el discípulo amado. Y María, una vez más, como siempre, en Nazaret y en Jerusalén, se fiará de Dios que todo lo puede, y aceptará confiadamente su Voluntad.¡Hágase!, volverá a proclamar entre lágrimas, con el corazón roto, pero la fe firme. ¡Hágase... y así se hizo!! Se hizo Dios hombre en su vientre virginal y se convirtió en Madre del salvador. Y en Jerusalén, obediente a su Hijo Jesús, se hizo Madre de todos sus discípulos, los bautizados.


¡Mater dei et Mater ecclesiae, ora pro nobis! ¡Enséñamos, María, Madre buena, a ser como tú dóciles a la voluntad de Dios! Aumenta nuestra fe para que sepamos escuchar a tu Hijo y cumplir con entusiasmo y docilidad la misión que a cada uno nos ha encomendado.

 

4. Una palabra que es un regalo.


Durante su predicación, Jesucristo nos habló de su Padre celestial y nos invitó a llamarlo Abba, papito lindo. Ahora, en su último sermón, clavado en cruz, nos regala a su madre. “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”... y no los abandonó, no los dejó huérfanos, sino que los entregó a su propia madre. ¡Tenemos a María como madre! ¿Qué mejor herencia?¿Qué mejor regalo? Desnudo y humillado, Jesús nos regala el tesoro más hermoso, el don más precioso, la gracia más graciosa. María es la ofrenda de Jesús a toda la humanidad. ¡Cuánto vale una madre! No hay regalo mayor ni más generoso.


¡Gracias, Señor Jesús, por tu Madre María! Aumenta nuestra fe para que sepamos acogerla en nuestra vida cotiana como madre y maestra. Que ella interceda ante ti por cada uno de nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

 

5.  Una palabra que compromete.


No hay don sin tarea. Los mejores regalos conllevan mayores compromisos y responsabilidades. “A quien mucho se le dio, mucho se le exigirá”. Recibir a María como madre nos compromete a acogerla a ella, pero también a todos los hombres como hermanos. El apóstol Juan, “desde aquel momento la recibió como suya”. También nosotros quedamos comprometidos a acoger a tan buena madre y a convivir con todos como hermanos. La maternidad implica la fraternidad. No hay mejor regalo para una madre que vivir juntos los hermanos.

En realidad, las palabras de Jesús son un compromiso, un llamado exigente: “Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre, ahí tienes a quien quiera que te necesite”. Si quieres ser mi discípulo, renuncia a ti mismo, carga con los crucificados y sígueme. Hoy Jesús se identifica con los que sufren, con las mujeres abandonas y víctimas de la violencia, con las madres solteras y sus  hijos sin hogar, sin alimento, sin respeto a su dignidad. Ahí a tu madre, ahí tienes a tus hijos, ahí tienes... Dios quiera que, como Juan, los recibamos en nuestra casa.  


¡Enséñamos, Madre buena, a ser como tú solícitos en el servicio y solidarios con cuantos sufren en su cuerpo y en su alma! Aumenta nuestra fe para que sepamos acogerte como madre y vivir todos como hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

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