facebook twitter icon youtube256

ESPECIAL SEMANA SANTA - Segunda Palabra

te aseguroSegunda Palabraa: “Te aseguro, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso” (Por: P. Fausto Dávila, OFM) Es la respuesta de Jesús al buen ladrón, y con esa promesa nos muestra su corazón: un corazón siempre abierto al perdón y a la reconciliación. Que es también la revelación de ese mismo corazón de Dios nuestro Padre.

El Padre bueno, ese Padre que el mismo Jesús describe a través de la parábola del hijo pródigo: un padre lleno de misericordia y siempre dispuesto al perdón.

Señor nuestro y Dios nuestro, ¡qué fácil te dejas robar el cielo!. Sí, es así, porque no somos solo simples criaturas para ti, porque nos amas como un Padre, es más, nos amas tanto como amas a tu propio Hijo, Jesucristo.

Allí, en el monte calvario, hay un dialogo entre los tres crucificados, pero también está representada la humanidad. Y ese diálogo es el diálogo entre Dios y sus hijos, los hombres.

Allí en medio de los malhechores está Jesús, el Cristo, padeciendo en una cruz por nuestros pecados. Pero Dios no solo sufrió en su hijo Jesucristo, Dios sigue padeciendo. Dios, como Dios por su naturaleza divina, no puede ser dañado por nada ni nadie, pero por su amor a los hombres, comparte, re-siente lo que viven sus hijos. Y por eso el dolor de Dios, lo es, por el sufrimiento de cada uno de sus hijos. Dios no es ajeno a nadie, por eso, nunca jamás estamos solos, Dios siempre comparte nuestras vivencias. Dios sigue padeciendo en cada hombre que sufre.

Allí están los dos ladrones, los dos delincuentes ante la Ley y la justicia: Somos todos y cada uno de los hombres, porque todos somos malhechores, porque ante la Ley de Dios, todos somos infieles y traidores. Y también sufrimos: porque el dolor y sufrimiento es causado por el egoísmo y el pecado, y también son parte de nuestra vida.

Hay dos respuestas y actitudes diferentes en ambos ladrones. El mal ladrón es aquel que reclama: Si eres el Mesías, sálvate y sálvanos. Somos aquellos que frente al dolor, nos atrevemos a cuestionar a Dios: si existes, si dices que me amas, deja de sufrir conmigo y sálvame de mi dolor. Esas oraciones condicionadas, rebeldes. Con una  pretensión de hacer a Dios, el Dios solo mío, un dios personal. Un modo de vivir nuestra realidad, solo desde mis propias necesidades y deseos, en donde no  importa nada ni nadie, solo importa mi yo y mi dolor.

Desvinculándome de la humanidad; qué me importa la humanidad, qué me importa si hay gente que sufre igual o más que yo: las víctimas de guerras, crímenes, abusos, hambre.  Oraciones que nacen de un afán de satisfacción puramente terreno: salud, dinero, comodidad, fama, poder.  ¿Cuándo nos acordamos de Dios? Solo cuando nos sentimos en dificultades, como en aquellos países desarrollados, que al alcanzar satisfacción material, se desvinculan totalmente de Dios; Él ya no es necesario y no importa nada. Por eso, el mismo Jesús expresa su incomodidad cuando, al ser buscado por quienes dio de comer multiplicando los panes, exclamó: ¡esta gente solo me busca porque les llené el vientre!

Pero hay también una respuesta y actitud diferente, la del buen ladrón: es el buen cristiano. Aquel que, aun en medio del dolor o sufrimiento, no se atreve a cuestionar a Dios ni lo condiciona. Se dirige a Dios con humildad porque reconoce a un Dios, que es infinitamente más sabio que los hombres, que todo lo puede y que es infinito amor y justicia.

Entiende muy bien que a Dios nadie le puede enseñar a gobernar el universo, que nadie es más inteligente que Él, que pueda aconsejarle o enseñarle cómo obrar. Entiende que nadie puede amarle como Dios le ama, y se admira de ese amor capaz de sacrificio por él, un Dios que asume nuestras culpas, y padece en una cruz hasta  morir, por perdonarle y salvarle. Aquel creyente que se arrepiente de su maldad, se entrega y se abandona a la providencia divina.

Y Jesús responde, y Dios nos responde: “Yo te digo: hoy mismo estarás en el paraíso”. No solo es una promesa para la vida futura, la vida eterna, sino una promesa también para el presente. Si te arrepientes y cambias tu vida de pecado, si te conviertes y vives el Evangelio, Yo te aseguro, dice Dios, hoy mismo estarás en el paraíso. Si te arrepientes, sentirás el perdón de Dios, sentirás que tu Padre te da una nueva oportunidad, que esa reconciliación con Dios te trae la paz a tu corazón.

Y que puedes vivir tu cielo también aquí en la tierra, en tu corazón, en tu familia. Porque donde hay personas que se aman  y se perdonan, donde hay relaciones de respeto, justicia y  misericordia, el paraíso se hace realidad, el cielo desciende y llega la felicidad. Es un mensaje para el mundo, para cada familia o comunidad, para cada persona: El paraíso es posible en esta tierra, tan inmediatamente como lo sean tu arrepentimiento y cambio de vida al Evangelio.

Somos bandidos, Señor, reconocemos nuestra impiedad: nuestras iras, mentiras, cobardías, prejuicios, resentimientos, venganzas, infidelidades, egoísmos y desamor. Por eso necesitamos tu perdón.

 


Publicación arquidiocesana

PORTADA EMAUS ABRIL 2015

virgen de la puerta

Arzobispado de Trujillo

Trujillo fue elevada a la categoría de Arquidiócesis por el Papa Pío XII, el 23 de mayo de 1943.

Actualmente la jurisdicción de la Arquidiócesis de Trujillo abarca las provincias de Pacasmayo, Otuzco, Santiago de Chuco, Julcán, Ascope, Virú, Gran Chimú, Chepén y Trujillo, en el Departamento de La Libertad.

 


Contactoescudo OK

Arzobispado de Trujillo
Sede Central:
Jr. Mariscal De Orbegoso 451 -
Apartado 42, Trujillo - PERÚ
Teléfonos: (044) 231474 / 201961 / 256812 -
Fax: (044) 231473
prensa@arzobispadodetrujillo.org

 

2013 - Arzobispado de Trujillo - Todos los derechos reservados. Desarrollado por: CECOPROS