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SantoToribio de Mogrovejo, testigo de la misericordia

IMG 4722Este artículo se inserta en el marco de la celebración del “Año de la Misericordia” denominado así por el Papa Francisco y donde la figura de Santo Toribio resalta como Pastor Peregrino y misericordioso.

Su vida y los testimonios acerca de su persona lo revelan al Arzobispo Mogrovejo como un pastor de gran virtud y de un celo paterno, dentro de la basta y extensa Iglesia Peruana que le tocó gobernar.


Sus Visitas Pastorales en toda su inmensa Arquidiócesis, no fueron simples cumplidos formales ni mucho menos paseos turísticos: eran auténticos encuentros vitales con los naturales y sus curas doctrineros, motivados por su celo pastoral, y donde el Prelado con sus palabras, gestos y testimonio reflejó la Misericordia de Dios Padre en su ardua tarea evangelizadora.

De los informes iniciados en 1631 para su proceso de beatificación y canonización, podemos conocer su personalidad, pues su vida fue un evangelio vivo. Era patente la generosidad y la largueza al servicio de su pueblo, especialmente con los pobres. De su propio peculio financió escuelas, hospitales, templos y nuevas doctrinas. Tenía fama de limosnero generoso, todo lo regalaba y vivía en gran austeridad y pobreza. Don Fernando de Guzmán, Maestrescuela de la Catedral, primer Rector del Seminario de santo Toribio, lo conoció desde que ingresó a la ciudad en 1581, manifiesta que trató a sus fieles con suma llaneza y amor de Padre y Pastor, amigo de pobres, y en especial de indios y gente humilde (cf. BENITO RODRÍGUEZ, la Entrada de Santo Toribio en Lima, 1581, 33). Cuando se le censuraba por sus desprendimientos que sorprendían, respondía: « Oh pobre que me enriqueces…», «Son pobres, son pobres…» «Se lo hemos dado a un pobre de Cristo». En cierta ocasión en que el Prelado llevaba una camisa nueva, se le presentó un sacerdote exponiéndole su triste situación económica en que se encontraba. De inmediato se la quitó de encima y se la obsequió, mientras decía: “Aprisa, aprisa, que no le vea mi hermana.” (cf. PUIG TARRATS, Cartas de Santo Toribio de Mogrovejo, 65).

Afectuoso y amable, aunque también supo mantenerse firme ante los vientos de mil incomodidades, injusticias, atropellos humillantes que le arrostraban Virreyes, Autoridades, Clerecía y no faltaron personas que lo tacharon de incapaz, comodón y viajero empedernido, que descuidaba sus obligaciones de Pastor y no se sometía a la Autoridad del Rey ni del Virrey. Cuántas lágrimas le costaron todo ello llevándolo con mucha paciencia y virtud. Ante cualquier suceso repetía: ¡Oh pecador de mí! ¡Oh pecador de mí!

Un día se enteró de la actitud escandalosa de un sacerdote que fue del pueblo de Monsefú. Le mandó llamar sin decirle entonces para qué. “Habiendo llegado a su presencia le tuvo en su compañía por espacio de un año y al principio no le dijo cosa alguna más que tenía noticias que era buen “resante” (rezador) que gustaría que lo acompañara a rezar, disimulando así la causa de haberle traído a su presencia. Después de algunos días, se lo dijo y le reprendió a solas gravemente y le tuvo sin volver al dicho beneficio todo el tiempo que vivió el dicho Siervo de Dios, aunque después procuró acomodar, como lo acomodó en un ínterin, de otro beneficio de los de Lambayeque”.

Sucedieron varios milagros de curaciones ya en vida y después de su Beatificación, incluso mediante la aplicación de sus santas reliquias e imágenes o con sólo la invocación de su santo nombre, como por ejemplo la curación de un colegial del Seminario de Santo Toribio en 1684, hizo brotar milagrosamente agua de un pozo en Macate (Huaylas), Curación de Juan Godoy quien había sido traspasado con una espada en la boca del estómago causándole una herida de muerte, la sanación por medio de una reliquia al sacerdote José de Andrade y Valladolid quien sufriendo fuertes dolores de cabeza, había sido diagnosticado por el Médico con locura de primer grado; don Juan de Salcedo Cirujano de Lima, después de haber estado enfermo poco menos de tres años en su casa y después de ir por tres días consecutivos a pedir su curación frente a la imagen del Beato, recuperó completamente la salud, la sanación de doña Petronila Arias Maldonado cogió una imagen del Beato Toribio, que había en la cabecera de la cama y quitando de la pierna todos los emplastos, se ató en torno a la herida y llena de fe, pidió la intercesión del Beato.(cf. NICOSELLI, op. cit., 300- 302).

Santo Toribio fue un infatigable misionero y organizador la Iglesia Latinoamericana. Su jurisdicción se extendía por el norte, desde Lambayeque hasta Ica al sur, más las regiones andinas, desde Cajamarca y Chachapoyas hasta Huancayo y Huancavelica, y aún más al oriente por Moyobamba. A las ciudades ya nombradas se añadían Huaylas, Cinco Villas, Cañete, Carrión, Chancay, Santa, Saña, más otros pueblos y unas 200 reducciones y doctrinas de indios. Un territorio de vértigo por sus largas distancias, sus llanos y sus alturas de los Andes, con caminos dificultosos y estrechos. Labor gigantesca que llevó a buen término con la gracia de Dios y su caridad pastoral. Solía decir cuando llegaba a su destino: “Bendito seáis Señor, que me habéis dejado llegar a este pueblo, porque no se me perdiesen tantas almas”.

Se encontraba realizando su tercera visita pastoral por los valles norteños del Perú, cuando empezó a sentirse mal, cayendo enfermo de unas fuertes fiebres terciarias. Se encaminó hacia la Villa de Santiago de Miraflores de Saña. Pidió al prior agustino, Fray Juan Antonio Ramírez que tañese el arpa, cantase el Credo y el salmo: “A ti, Señor, me acojo”. El santo Arzobispo murió el 23 de Marzo de 1606, día en que la Iglesia conmemoraba la Cena del Señor, y aunque no fue un mártir de sangre sin embargo su ministerio episcopal fue un testimonio viviente del Evangelio.

R.P. Oswaldo Pastor Perleche Santa Cruz

(Colaborador)


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