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Reflexión del Santo Evangelio del domingo 13 de Marzo

foto reflexionReflexión del Santo Evangelio, según San Juan 8,1-11: El perdón de Dios, una realidad siempre nueva.

Se acercaba ya la pasión de Jesús. De pronto, unos letrados y fariseos, corroídos por la envidia contra él, le presentaron a una mujer sorprendida en flagrante adulterio para que emitiera su veredicto y poder acusarlo de algo.

La ley mosaica establecía la pena de muerte para las mujeres adúlteras (Dt 22, 22). Ahora bien, si Jesús se pronunciaba por la aplicación rigurosa de la ley perdería mucho de su honorabilidad, ya que de todos era conocida su misericordia y su gran amorpor los pecadores. Por otro lado debemos comprender que, si la Escritura denuncia el pecado no se propone condenar al pecador, ya que la intención de quien escribe apunta a su salvación. La ley ha sido dada para la vida y no para la muerte, para la conversión y no para la desesperación, para el perdón y no para 1a condena.

En esta escena de la mujer acusada de adulterio, aparentemente Jesús no tenía escapatoria posible, ya que de cualquier forma que contestase, caería en la trampa que sus enemigos le habían tendido. Pero Jesús supo salir airoso y triunfante de los lazos que le habían puesto. Jesús no responde directamente a la cuestión. Se inclina y escribe en el suelo unas misteriosas y enigmáticas palabras, que todavía hoy se ignora que escribió.

Ellos, los acusadores, insisten en sus interrogatorios, que no atienden sino a lo escrito y no a quien escribe. Por eso Jesús se endereza para mostrarles su persona y les dice: “aquel de ustedes que esté sin pecado, que le lance la primera piedra”. El pecador que se erige en juez se parece a aquellos viejos, del Antiguo Testamento, que oprimían a los inocentes y absolvían a los malvados. Pero hay otra verdad escondida en cada uno y que Jesús nos recuerda a todos: que cada uno se vea a sí mismo y mire con honestidad en su corazón, y sólo entonces, quien se sienta libre de pecado, lance la primera piedra.

Exige que cada uno de sus interlocutores indague en su interior y se aplique el juicio que quiere infligir a la mujer. Sólo entonces podrá darse cuenta del mal que hay en su corazón y verá su propia ceguera, para descubrirse necesitado de misericordia y perdón. Uno se abstiene de juzgar a los demás cuando comienza a juzgarse a sí mismo.

Jesús no anula ni desconoce la ley ni el juicio. “Porque Dios ha mandado a su Hijo para salvar al mundo”(Jn3, 17); por eso no hay que juzgar ni condenar, sino absolver y dar, para llegar a ser “misericordioso como el Padre” (cf. Lc 6,36-38). Sólo busca que cada uno tome conciencia seria de sí mismo y de su pecado, descubra su propio corazón de piedra para recibir el don de un corazón de carne, lleno del Espíritu del Señor, capaz de vivir conforme a su Palabra.
Dice San Agustín comentando este pasaje: “Quedan los dos: la miserable y la misericordia”. Al final, lo que queda de cada hombre es el encuentro de su propia miseria con la misericordia de Dios. Mientras mayor es el abismo del pecado, es mayor el amor que se recibe y el conocimiento de Dios y de sí mismo que se alcanza. Y mayor será la capacidad de amar.
Jesús, el único que no tiene pecado, no se marcha, sino que permanece allí con la pecadora: “es el Hijo misericordioso como el Padre”. Si condena el pecado porque es y hace mal, absuelve y libera de él al pecador porque lo ama.

“Tampoco yo te condeno”. Los demás no pueden condenarte, por más que quieran hacerlo, porque son injustos. Pero tampoco yo, que soy justo, te condeno, porque no puedo condenar a nadie: porque he venido a salvar, no a condenar al mundo, este mundo que tanto ha amado el Padre hasta entregar por él a su propio Hijo (cf. Jn3,16s).El juicio de Dios no es nunca condenación del pecador, sino salvación del pecado. Por eso, pone en evidencia el pecado y perdona al pecador.

“Vete y en adelante no peques más”. El perdón, que precede a todo arrepentimiento, es un acto creador: abre un nuevo futuro, en la libertad de no pecar más y de amar más.El amor, que la pecadora recibe en el perdón, la “justifica”, la hace justa. Porque uno se hace justo en la medida en que experimenta el amor de un justo que no condena. Entonces puede amar como es amado, de este modo, “el amor es el pleno cumplimiento de la ley” (Rm 13,10b).

Por. Equipo de redacción.

 


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