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“Es más importante orar que maldecir”

foto maldecirEl profesor español de Filosofía, Carlos Díaz Hernández, visitó nuestro país en el mes de mayo cuando diversos medios de comunicación estaban publicando artículos en contra de la religión y de la Iglesia católica. Sorprendido por los agresivos ataques de varias reconocidas periodistas nacionales por el supuesto “gran daño de la religión”, ha querido compartir con nosotros algunas reflexiones a modo de indirecta respuesta constructiva.

Creer no es tan sencillo, a no ser para los sencillos. Para un creyente monoteísta el silencio de Dios es la realidad más difícil de sobrellevar al comienzo de la vida de oración. Es preciso aprender a sentarse, a no hacer nada delante de Dios, sino a esperar y gozarse de estar presente ante el Presente eterno.

Esto no es brillante, pero, si se persevera, irán surgiendo otras cosas en el fondo de este silencio e inmovilidad. El camino para llegar hasta sí mismo, y de sí mismo hacia Dios, es a menudo muy largo. ¿Tendremos que terminar envejeciendo, tanta paciencia necesitaremos para alcanzar por la oración la gracia de la oración? Tal vez, pero envejecer junto a Dios es permanecer siempre niño.

En Oriente, en efecto, a cualquier monje se le llama «anciano», aunque tenga veinticinco años, pues el ideal es llegar a viejo con luengos y albos cabellos sin perder la mirada del niño. Lo más difícil consiste en llegar a creer y a amar lo que no se ve en absoluto. Y esto puede llevar mucho tiempo y mucho silencio, toda una vida. Sin embargo, aunque pueda parecer excesivo para el hombre, para la paciencia del Dios que nos mira bien predispuesto como a hijos suyos no cuenta el tiempo humano, esa es nuestra gran ventaja.

Desde ese silencio el creyente monoteísta (personalista y comunitario) continuará rezando, no hasta que Dios escuche lo que le pide, como suele pensarse, sino hasta ser él mismo quien escuche lo que Dios le pide a él. Orar es escuchar cada vez más a Dios, y menos a nosotros mismos. Tampoco se trata de decirle a Dios que le amamos, sino de recordar que Él nos ama como sólo Él puede amar. Entonces el orante experimenta cierta plenitud, pues la oración se filtra por todos los poros de su alma para plenificarla. Si esta oración cesara, el mundo perecería al perder su sentido.

Pero ¿y si, pese a implorar la amistad de Dios, no se logra? Entonces hay que ser humildes, es decir, confiar en Dios, en que lo que nosotros no podemos sí lo puede Dios, y en que Dios confía en nosotros. La humildad no consiste en valorarse poco o mucho a sí mismo, sino en mirar a Dios antes que a uno mismo, y en medir el abismo que separa lo finito de lo infinito. Así lo ve Job en el estercolero de su vida.

Cabe tener miedo de los aconteci-mientos, e incluso de nosotros mismos, pero no de Aquél que dirige los acontecimientos, ni pensar que lo que nosotros no podemos no lo pueda tampoco Dios. Y, cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es todavía un sentimiento humano, demasiado humano.

Es preciso que levantes tu mirada mucho más arriba, a Dios, a la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Dios vivo y verdadero. Se interesa profundamente por la vida de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra su paz. La santidad es ante todo un vacío que se descubre y se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que nos abrimos a su plenitud.

¿Cuándo es más de noche? Cuando la rana, deseando hacerse como el buey, se hincha, y explota. Cuando para perseguir el ideal de santidad realizo esfuerzos éticos agotadores que hacen penosa mi vida y que además no tienen gran valor a los ojos de Dios, antes al contrario pueden constituir un pecado de autolatría. ¿Cuándo es más de noche? Cuando creo que debo amar primero a los hombres y luego a Dios, pero eso no sirve para nada, pues nadie es tan perfecto como para merecer amor incondicional, ni tan fuerte como para entregarlo si no recurre más que a la propia buena voluntad.

Si, por el contrario, empiezo por amar a Dios sintiéndome amado incondicional-mente por Él, en este amor encuentro a mi prójimo, y en ese amor los antiguos enemigos son mirados y amados como criaturas divinas. Entonces, cuando miro al otro desde ahí, para él también es de día. ¿Cuándo es más de noche? Cuando tenemos un encuentro con los sacramentos sin encontrarnos con el Señor de los sacramentos. ¿Cuándo es más de noche para ti? Díselo al señor de la luz, su luz es más fuerte que tu cruz.

El que te creó sin ti no te salvará sin ti. Dios sólo ayuda a quien hace por ayudarse a sí mismo. Feliz el que te ama a ti, al amigo en ti y al enemigo por ti. No pierde a ningún ser querido aquel para quien todos son seres queridos en Aquel que nunca se pierde. ¿Quieres tener a Dios de tu parte? Ponte tú de parte de Dios.

Cuando nosotros hacemos la voluntad de Dios, entonces se hace la voluntad de Dios en nosotros. Dios está en todas partes. Si tú no quieres apartarte de Él, Él no podrá apartarse de ti. Ningún hombre es veraz si Dios, que es la Verdad, no habla en él. Pero ¿cuándo habla Dios en el hombre? Cuando el hombre está lleno de Dios. Por lo demás, no olvides que Dios salva de continuo a muchos que jamás le devuelven el saludo. Tampoco olvides que Dios llena los corazones, no los bolsillos.

(Publicado en Emaús, setiembre 2014)

 


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