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Hermana Benedicta de Dios

benedictaTestimonio. (Por: Hna. Benedicta de Dios) Me pidieron, con cariño, escribir unas líneas sobre mi reciente entrega pública al servicio de Dios y de mis hermanos (as), es decir, sobre el inicio de mi vida como religiosa.  Confieso que hacerlo me es tan difícil como encontrar las palabras precisas para decirle a un ser amado cuánto significa para mí, porque hablar de mi especial consagración no es otra cosa que compartir la indescriptible y maravillosa experiencia de Dios, Aquel que con ternura me creó y que me apasionó por Su Reino de amor.

Comenzaré hablando de Dios. Escuché esa palabra desde que nací. Recuerdo que sonaba a grandeza y bondad, a veces sonaba a Navidad, a solidaridad, a comunión y felicidad.

Pasó el tiempo y con la adolescencia Dios sonaba a Taita, ese hermoso Señor que siempre me cuidaba y que sin importar cuán difícil pudiera parecer que la vida se ponía, El todo lo arreglaba.

Al llegar a la juventud Dios Padre pasó a ser un compañero de camino hecho a mi medida. Muy pocas veces lo dejaba hablar. Yo guiaba el barco. Una ciega navegando en la inmensidad del océano. No tengo ni que explicar lo que eso significa.

Pasó el tiempo y de repente le llegó la muerte a un ser que amaba con todo mi corazón, como tantas otras personas, me primo hermano Fernando. Y fue ahí que comencé a abrir los ojos ante el inevitable destino de la vida, por ello no me quedó otra opción que callarme y comenzar a escuchar a Dios.

Desde los diecisiete años Él me había propuesto una vida especial a su lado pero en mi ignorancia, no puse mucha atención a lo que decía y seguí haciendo mis cosas. Hubo tiempos en que dejaba al Señor hablar sobre sus planes y me encantaba con la simple idea de dejarlo todo e irme a las misiones. Sin embargo, al final, el ruido del mundo y de mi mundo no me permitía escuchar con el alma y el corazón, no me permitían centrar todo mi ser en Su llamado.

En un primer momento, la muerte te deja un profundo sentimiento de tristeza y desolación. Pero después, si nos quedamos quietos y dejamos que Dios nos toque, una inmensa alegría llega al alma, la certeza de la vida eterna y de estar “condenados” a la felicidad eterna, como dice una amiga mía. Y así, luego del dolor de la separación, la esperanza inundó mi ser y al fin pude decir con plena cordura y total locura: “Te escucho Señor, que quieres de mi”.

Después de un tiempo, Dios me presentó a las Piadosas Hermanas de la Redención y al conocer la espiritualidad de la congregación, supe que este era el lugar que el Señor había elegido desde siempre para estar juntos.

Doy gracias a Dios por cada bendición y por su infinita misericordia, y le pido la gracia de ser una esposa fiel hasta el día que de nuevo me llame para estar con El toda la eternidad. 

 


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