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El valor del matrimonio en la educación

papa y los novios(Por: Mg. Andrés Cruzado Albarrán - Director de la Escuela de Postgrado de la UCT) Hace un tiempo se promulgó en el Perú la Ley N° 29227, conocida como Ley del Divorcio Rápido, siendo la Iglesia la que levantó su voz de protesta frente a una ley que no va a favorecer ni a la familia ni al bien común. Como podemos ver, la institución familiar está siendo atacada por diversos medios y con diversas formas.

Ante esto, ¿qué debemos hacer como católicos? Lógicamente como cristianos tenemos que partir de las enseñanzas que nos ofrece la Revelación, la cual nos dice con claridad lo que pretende Dios en relación al matrimonio.

Primero, debemos tener las cosas claras. Como hemos afirmado, la Palabra del Señor nos ilumina. No somos dueños de nuestros cuerpos, tan solo somos administradores; de ahí que no tenemos el derecho de “hacer lo que nos dé la gana con él”, como afirman muchos. La Sagrada Escritura expresa: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te sientes orgulloso como si no lo hubieras recibido? (1Cor 4,7).

En la primera página de la Biblia leemos que Adán y Eva aparecen en matrimonio. Son creados por Dios “el uno para el otro”. Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense, pueblen la tierra” (Gen 1,26-28). Es decir, la relación hombre y mujer se ordena al amor y a la procreación de los hijos, se destaca la diferencia de sexos.

Vemos que el fundamento de la familia está en la atracción mutua que Dios ha puesto entre el hombre y la mujer, y en la capacidad que nos ha dado para engendrar hijos. Dicha atracción se manifiesta cuando una mujer y un hombre se aman y deciden unir sus vidas para siempre y formar una familia.

Ir en contra de esto es hacerse acreedor a lo que dice san Pablo: “los hombres, abandonando la relación natural con la mujer, se apasionaron unos con otros, practicando torpezas unos con otros, varones con varones, recibiendo en sí mismos el castigo merecido por su extravío… Por ello, andan llenos de injusticia, perversidad, codicia, maldad; rebosantes de envidia, crímenes, peleas, engaños, mala voluntad chismes. Calumnian, desafían a Dios, son altaneros, orgullosos, farsantes, hábiles para lo malo” (Rom 1,27. 29-30). Esa unidad es tan íntima que no se puede romper. Puesto que “son dos en una sola carne” (Gen 2,24). Por eso, Jesús afirma de manera rotunda: “Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre” (Mc 10,9). Esto va en contra de aquellos que propugnan el divorcio rápido.

Segundo, tenemos el deber de consolidar bien los matrimonios. Lamentablemente en muchos matrimonios, incluso de católicos, no se está dando buen testimonio. Al respecto, es iluminador las expresiones de la madre Teresa de Calcuta:

“Pienso que hoy el mundo está de cabeza, y está sufriendo tanto porque hay tan poquito amor en el hogar y en la vida de familia. No tenemos tiempo para nuestros niños, no tenemos tiempo para el otro, no hay tiempo para poder gozar uno con el otro.

El amor comienza en el hogar; el amor vive en los hogares, pero hoy, eso no está pasando y esa es la razón por la cual hay tanto sufrimiento y tanta infelicidad en el mundo.
Hoy en día todo el mundo parece llevar y tener terrible prisa, están ansiosos y desean desarrollos y riquezas grandiosas, de tal forma que los niños tienen muy poco tiempo para sus padres; los padres tienen muy poco tiempo para ellos y en el hogar comienza el rompimiento de la paz en el mundo”.

Por último, queda como tarea de todos, en particular de quienes forman desde el Nido hasta la Universidad, educar en la figura vital del matrimonio.
Y por ser los universitarios quienes están más cerca del matrimonio precisamente, en su formación debe enfatizarse esta tarea desde el área de tutoría preferentemente.
Sólo así haremos realidad el proyecto de Dios respecto al matrimonio con sus propiedades esenciales: unidad, indisolubilidad y finalidad procreadora. (Publicado en Emaús, abril 2014)

 


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