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“La más hermosa Catedral”

PeregrinacionTierraSanta(Por: P. Francisco Castro).- Con ocasión del Año de la Fe, un grupo de sacerdotes y laicos, en número de cincuenta, peregrinamos a Tierra Santa. Visitamos varios lugares por donde Jesús pasó haciendo el bien. Pero fue en el Santo Sepulcro donde viví una singular experiencia que quiero compartir.

El lunes 7 de octubre, último día de la peregrinación, muy temprano, cuando la aurora apenas se asomaba, llegamos casi corriendo –como San Pedro y San Juan-, inquietos y curiosos por conocer la tumba más famosa, más querida, más visitada. El ambiente fresco y silencioso me hizo imaginar la bendita mañana de la Resurrección.

Los sacerdotes, revestidos con nuestros ornamentos, ingresamos por la estrecha puerta que conduce al Sepulcro. Allí estaba excavada en la roca, la tumba que abrazó el cuerpo sagrado de nuestro Señor. La diminuta e incómoda puerta del ingreso refrescó mi memoria y me hizo recordar el pasaje en que Jesús nos enseña: “¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!” (Mt. 7, 14). Sí, es verdad, por esa puerta angosta ingresó el cuerpo sin vida de Aquel que resucitando nos ha traído la Vida. En este lugar pequeño y sencillo germinó la Vida nueva. Aquí nació la Vida nueva. El apóstol Pedro entró por esa puerta y encontró la Vida. Juan se asomó por ella, vio y creyó en la Vida.

La emoción me embargaba. Estaba parado en el corazón de la más grande maravilla del mundo, en una montaña más alta que el Everest, porque desde aquí se puede “tocar” a Dios; un monumento más majestuoso que el Coliseo Romano, porque aquí se dio el combate definitivo que nos trajo la libertad. Sobre estas rocas Dios venció el mal, el pecado, la muerte.

Estas losas frías contemplaron al Dios que vencía la muerte y victorioso resucitaba para siempre, cambiando la historia y el destino del hombre. Sí, aquí estuvieron los ángeles custodiando a Jesús muerto y, después de resucitado, anunciando que no se le busque entre los muertos. Aquí estuvieron María, los apóstoles, las mujeres que acompañaron al Señor y, a escondidas, los primeros cristianos celebrando la Eucaristía. Aquí la Iglesia se llenó de esperanza.

El lugar es tan pequeño que sólo había espacio para los 5 sacerdotes presentes. De pie frente a la Tumba Santa iniciamos la Eucaristía. Como altar tuvimos el más bello que he visto jamás: la losa superior de la misma tumba. Los laicos en la parte exterior del Sepulcro participaban de la celebración con mucha devoción, esa que surge del encuentro de un corazón creyente y sencillo con ese místico loci theologici.

Este pequeño lugar rocoso se convirtió en la más hermosa Catedral, la más grande, la más bella, la más solemne. Mis ojos estuvieron fijos en la piedra donde colocaron el cuerpo de Jesús. El pasado se hizo presente y tenía la sensación que el Señor estaba allí, muriendo por mí, entregándose por mí.

Terminada la Eucaristía, al igual que mis hermanos sacerdotes, me arrodillé para tocar la losa desgastada, como queriendo tocar el cuerpo glorioso de Jesús. Ya no estaba allí: había resucitado. Aproveché para rezar por usted, querido lector, por cada uno de ustedes. Les aseguro que estuvieron presentes en mis oraciones.

En adelante, cuando haga la profesión de fe en cada Misa y rece que Jesús resucitó de entre los muertos, recordaré que estuve allí, que celebré la Eucaristía sobre la tumba que José de Arimatea prestó para sepultar a Jesús sin imaginar que la prestaba a la humanidad y se convertiría en altar para aquellos que, como nosotros, tuvimos la bendición y la gracia de celebrar ahí el memorial de la pasión, muerte y resurrección de aquel hombre que él mismo bajó de la cruz y allí lo sepultó. (Publicado en Emaús)

 


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