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¡Aumenta, Señor, nuestra fe!

monsenor cabrejos(Por: Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte)En la interpretación profética, los perversos y potentes confían solo en la propia fuerza y habilidad y no saben que se basan en una realidad frágil e inconsistente, que se marchita y acaba en la nada. Por el contrario, en la enseñanza bíblica, el justo pone su confianza únicamente en Dios y, por tanto, vivirá porque el Señor es roca sólida que no vacila en las tempestades de la historia. Por eso, San Pablo dirá: “El justo vivirá por su fe” (Rm 1,17).

En el Evangelio (cf. Lc 17,5-10), el tema de la fe y la confianza está entrelazado y, a la vez, abierto a un pedido de los Apóstoles: ¡Aumenta nuestra fe, Señor!. Ante esta súplica, Jesús responde con dos imágenes resplandecientes: la parábola del grano de mostaza y la de los “siervos inútiles”.

La primera imagen es semejante a un boceto, un croquis trazado con una sola pincelada, pero cuya fuerza golpea el corazón y la mente. Un refrán rabínico de los tiempos de Jesús afirmaba que “vale más un grano de pimienta que una canasta de sandías”, y este principio didáctico provocativo e incisivo está también en el boceto de Jesús.

La morera tiene raíces resistentes, bien arraigadas en la tierra, y las tempestades no las sacan fácilmente. De igual modo la fe, aunque pequeña y reducida a una lucecita, también es semejante a una semilla microscópica como aquella de la mostaza, que tiene la fuerza de arrancar aquello que está consolidado, que tiene la capacidad de cambiar la suerte, de dar un vuelco al destino, de transformar la historia, de trasplantar en el mar aquello que puede vivir solo en la tierra como la morera.

Después de haber declarado la potencia divina de la fe, Jesús vuelve a diseñarla, pero en su vertiente humana, esto es, en el actuar del hombre. Y lo hace con una parábola más extensa y que, a primera vista, es un poco incómoda por nuestra sensibilidad social.

Entra en escena un patrón vulgar y prepotente con la servidumbre que azota con egoísta indiferencia y con el cinismo del propietario absoluto. ¿Cómo puede un individuo semejante ser el símbolo de Dios? Esta imagen está presente en el Antiguo Testamento, aunque con elementos diferentes.

En el Salmo 123, se lee: “Como los ojos de los esclavos miran la mano de sus señores, como los ojos de la esclava miran la mano de su señora, así nuestros ojos miran al Señor, Dios nuestro hasta que se apiade de nosotros”. Por su parte, Jesús había dicho exactamente lo contrario a propósito del Patrón: “Dichosos los sirvientes a quienes el amo, al llegar, los encuentre despiertos; les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentarse a la mesa y les irá sirviendo” (Lc 12,37).

La parábola llega a ser más transparente y comprensible solo si logra centrarse en el verdadero protagonista. El sujeto dominante no es el patrón con su comportamiento, sino más bien el siervo con su actitud. El fiel en relación con Dios debe escoger un comportamiento de total disponibilidad, sin cálculos, sin contratos, sin límites. La relación entre Dios y el hombre no es la que existe entre uno que da trabajo y otro que recibe el salario; está por encima de cláusulas, derechos y deberes contractuales.

El hombre debe darse y entregarse a Dios con amor. La relación con Dios se asemeja más a la del amor nupcial, en donde la donación es libre y total, y no conoce hora ni tiempo, premios ni recompensas. Del mismo modo, podemos decir que en la comunidad cristiana ninguno debe exigir prestigio o dignidad porque ha ofrecido servicios más importantes o más extendidos en el tiempo. Todos deben reconocerse “siervos inútiles”, serenos y felices de poder dar, amar, sacrificarse por Dios y por los otros sin la lógica del aprovechamiento o del capitalismo productivo. Porque si se tiene la conciencia propia de la fe, “ni el que planta, ni el que riega son nada, sino Dios que hace crecer” (1 Co 3,7). (Publicado en Emaús, noviembre 2013)

 

La fe, como el amor, no recrimina, no exige, no reclama derechos. La fe no es el cambio ofrecido a Dios después de haber recibido un don, sino la respuesta que el don divino ha encendido y provocado en nosotros. No debemos, por eso, establecer contabilidad matemática sobre los méritos de nuestras buenas obras. La fe no es un contrato jurídico con cláusulas precisas, sino una donación de amor donde se quisiera dar todo a la persona amada, aun la propia vida. Por eso Jesús sustituye la religiosidad de la obligación y del esfuerzo mínimo necesario con la adhesión confiada y generosa de la fe; ante la espiritualidad del precepto, Jesús propone la libertad gozosa; ante la mentalidad del cálculo del mérito, Jesús anuncia el primado de la gracia.


Publicación arquidiocesana

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